En breve, medio mundo posará sus ojos en un México adornado de altares, Catrinas y ofrendas a los muertos. Se acerca la fecha en la que la frontera entre la vida y la muerte se desvanece y los antepasados y la memoria se hacen presentes. Eso será desde finales de octubre hasta el 2 de noviembre, pero podemos empezar a celebrarlo ya con esta lista de libros…
’87 cicatrices’
Nada como prepararse para el Día de Muertos como perderse en esta obra poética protagonizada por la obsesión mortífera y el llamado de la tumba. Este poemario de Ribay Hernández es un grito de auxilio, el de un alma que sangra ante una existencia que se le antoja vertiginosa, un alma con 87 cicatrices.
‘La Augusta Cofradía de las Honorables y Heroicas Mariposas Nocturnas – Primera parte: El Ensueño’
Imprescindible sin duda esta novela de terror y misterio con la que Israel Garza Martínez nos hace viajar en el tiempo hasta el México posrevolucionario de 1918. Lo hacemos acompañando a una niña, Lourdes, una huérfana de madre a la que se progenitor envía a un remoto internado, un colegio encantado que atrapa a la niña en un horror que ¡cuidado puede atraparte también a ti!
‘Noche de muertos: La leyenda encantada de la Ciudad de México’
Leyenda contemporánea en la que, hábilmente, se enredan el romance, la fantasía (acoge los tópicos de las tradiciones del Día de Muertos y también de Halloween) y la realidad: la de las muertes que se suceden en una noche que debía ser de celebración… No te pierdas esta novela de Carlos Yaír Hernández González y Juan Carlos Hernández Santoyo.
‘Tánatos. Relatos sobre la muerte’
Si algo vamos a ‘vivir’ todos es la muerte, ¿por qué no mirarla cara a cara? Eso es lo que hace Vicente Montemayor, el autor de este serie de relatos que, desde la seriedad unos, el humor otros o la ironía, reflexionan sobre el evento más importante de la vida. Si te van los relatos, este es tu libro.
‘El Ciclo de Quetzalcóatl’
Nada más apropiado para esta época que abordar la epopeya de la deidad de la serpiente emplumada, tan relacionada con el Día de Muertos. Es en estas fechas cuando se rinde tributo a la memoria, y eso es lo que hace este libro de Bruno Ponce: reconocer las raíces prehispánicas que nos heredaron nuestros ancestros.
‘La leyenda de la casa del encomendero de Valladolid’
Pedro Sierra Lira propone un encuentro de almas que se dan cita en el Día de los Muertos. La historia comienza cuando el alma de José Sierra, antiguo encomendero de Valladolid, regresa a la que fue su casa e interactúa con su actual dueño, Erik Álvarez. Ambos acuerdan citarse un año después, pero ya no estarán solos… Una novela imprescindible.
‘El diablo gitano’
Año 1711. Una serie de asesinatos diezma y aterra a la Villa de Monclova, en la Nueva España. La llegada de gitanos coincide con sucesos extraños. La Inquisición envía a un reconocido exorcista dominico. Rafael Tejeda de Luna te cautivará con esta edición ampliada del Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos 2008.
‘En la frontera del más allá’
José María Herrou Aragón es un experto en temas de ocultismo y parapsicología que, en este libro, afronta eso que se celebra en estas fechas: ¿Qué hay más allá? El autor muestra y comenta interesantes hechos esotéricos. ¡Sólo para valientes!
Empezaba a amanecer cuando la pareja daba los primeros pasos del escarpado ascenso al cerro. La lozanía del verdor majestuoso de aquel coloso de piedra parecía extenderse hasta el cielo, y el poblado se antojaba apenas una mancha en el valle que se perdía tras ellos.
—Él vendrá por nosotros —dijo ella—, tan sólo es cosa de que se dé cuenta.
—No vendrá, no aquí —respondió él.
Y aunque poco convencidos por aquel pronóstico desganado, ambos continuaron su caminata entre el polvo y las piedras sueltas, amparados por las copas de los árboles que escondían sus siluetas entre la yerba que crecía alrededor del camino a la cumbre.
Evaristo González había llegado a Xiquila hacía tan solo dos meses, venía con una cuadrilla de jornaleros que había traído Jerónimo Huerta de La Antigua para sembrar café en sus campos tras varios intentos fallidos de incursionar en la ganadería que hacía rebosar de pesos los bolsillos de los demás terratenientes del pueblo.
El ánimo sereno de aquellos peones prietos de sol se disipó rápidamente tras ver en la cantina los lujos con los que se despachaban los ganaderos locales. Pronto las conversaciones pasaron de trabajo a envidia, y de la envidia al abigeato. Pero el espíritu más mesurado de Evaristo no fue alebrestado por las promesas vagas de bolsillos llenos y el abandono de la dieta de frijoles con sal, por el contrario, se opuso cuanto pudo a la tentación de la asociación delictuosa que traían sus compañeros entre manos. Sin embargo, su alma no salió incólume de aquella cantina.
Xiquila era un poblado relativamente pequeño para el auge ganadero que tenía, un valle ínfimo en medio de la sierra, rodeado de grandes colosos de pétreos riscos y muros negruzcos, no tenía ningún tipo de atractivo aparente para quienes buscaban las amenidades necesarias para la cría; y aun así, el pueblo era el lugar por excelencia para comprar ganado sano y robusto a precios excelentes.
De entre aquellos ilustres maestros de los animales de corral, destacaba un hombre de aspecto recio y carácter tormentoso. Don Celedonio Martínez era dueño de la mitad de los potreros del pueblo, y se daba el lujo de pasearse altivamente por las calles con sus dos pistoleros y su puro en la boca.
Pero no fue el abundante bigote de Don Celedonio, ni sus finas botas lo que inflamó los ánimos de Evaristo, sino la blanca estampa que se apareció en el estupor de una noche de mayo en la cantina donde dormitaba en medio de su borrachera. Aquella niña con piel de porcelana y grandes ojos negros quedó quemada en las córneas del jornalero en cuanto la vio llegar con uno de los pistoleros de Martínez para llevárselo a rastras de vuelta a su quinta.
—Ira, vino su hija por Don Cele —le dijo a otro jornalero.
—Como serás pendejo —le contestó—, es su esposa.
La belleza juvenil de la pequeña se mezcló en la mente de Evaristo con el hedor del pulque corriente y sus propias y complejas pasiones, por lo que pronto sintió el estómago revolvérsele al imaginar a aquel bruto mancillar la pureza de tan bella criatura. Ese recuerdo no sólo evocaba la repulsión que sentía por los ganaderos y las aspiraciones de sus compañeros por adentrarse en aquel gremio pestilente, sino que inflamó asimismo una sensación de superioridad sobre aquel que de inmediato consideró su rival. ¿Quién sino él era merecedor de la beldad de tan bella moza? Él, que tenía la sensibilidad y desarrollada apreciación por la belleza de una mujer, cosa de la que seguro carecía aquella bestia que se pasaba los días entre el estiércol y las garrapatas de sus animales.
No pasó largo tiempo para que el jornalero antigüense empezara a cortejar a la pequeña Micaela. Empezó gastando la raya para invitarle más trago a Don Celedonio, lo bastante para que su infante esposa tuviera que ir por él hasta la cantina. Al haberse ganado la simpatía del ganadero, éste lo empezó a invitar a su mesa, y cada vez que la niña iba por su marido, Evaristo no dejaba pasar la ocasión para coquetearle entre la distracción de los pistoleros. Sentía la sangre bullir en su rostro cada vez que Micaela lo miraba con sus grandes ojos negros, y su pecho henchido de pasiones dejaba ir de vez en vez los suspiros que la niña le arrancaba cada vez que se reía de sus coqueteos.
—Usted ya ni ha de dormir bien por venir todos los días a recoger al pelado este —le decía—, si va a andar con un vicioso, hubiera de menos buscarse un hombre que sea bueno pal pulque.
—Todos los hombres son buenos pal vicio —le respondía entre risas—, pero muchos no tienen corazón.
—Viera usted el corazonzote que tengo, ‘ta harto grande. Si usted quisiera la podría complacer más que cualquier otro.
La niña no hacía más que reír sonrojada ante los coqueteos del jornalero.
Se aproximaban a la cima del cerro cuando escucharon tiros desde el valle. La pareja fugitiva se estremeció al ver en las lejanías los grupos de caballerangos rondando alrededor del pueblo como hormigas alrededor de un animal muerto. El viento silbaba en las copas de los árboles como un quejido contenido, y el rostro de la pequeña se contorsionaba con miedo ante el espíritu de la montaña.
—¿Por qué no regresamos? —preguntó Micaela—. Capaz que Cele te perdona, capaz y hasta te da una ayudita.
—Ya ‘ta hecho, querida. Y ya no te puedo devolver con aquel mocetón vicioso. Vas a ver que conmigo te va a ir mejor; hasta vas a andar más contenta.
La pequeña suspiró con cierta resignación y siguió su camino con el ilícito amante. Los sonidos de aquel sendero tenebroso la aterraban, pero la determinación del antigüense le daba el valor suficiente para atravesar entre las arboledas de troncos retorcidos y los cardos en flor que crecían entre hiedras y pastos.
Pasadas un par de semanas en Xiquila, los jornaleros advirtieron que aquel próspero pueblo no era la potencia pecuaria que aparentaba. Los potreros no tenían pastos y los graneros de los terratenientes rara vez tenían alimento o insumos para mantener vivos a los animales. Aquellos prósperos campesinos que siempre montaban armados hasta los dientes eran cuatreros, y todo el ganado del pueblo era de paso. Llegaban los caballerangos por la noche con el botín y en los días subsecuentes se vendían a los compradores que venían desde lejos buscando los precios imposibles de Xiquila. Un negocio redondo.
Esta realidad, lejos de incomodar a los compañeros de Evaristo, únicamente parecía alentar sus maquinaciones criminales. La estructura para su planeada operación ya estaba dispuesta en la economía del pueblo, tan sólo necesitaban el capital y la disposición para ponerla a su favor.
De aquellos cuatreros, Don Celedonio Martínez no era sólo el más audaz, sino el que tenía la red de arrieros más extendida de la región. A diferencia de sus paisanos, no se conformaba con robar cabezas de Frijolillo o Cieneguilla, sino que extendía las manos hasta San Juanero y Loma Grande; la merma la vendía en Texmola y San Antonio, y si sobraba algún becerro, de vez en cuando pasaba al Tuzal o a Texmalaca para regalárselo a las indias que le rendían culto al cerro y hacían brujerías variadas con los animales, creía que eso le daba buena suerte, y lo confirmó cuando el difunto Feliciano González lo quiso asaltar en San Juanero. Celedonio y sus hombres se replegaron hasta Chichipica, donde Doña Eulalia Mendoza les recibió y les dejó utilizar su casa como fuerte para repeler el ataque. Fue ahí donde cayó Feliciano González y su operación pasó a manos de Celedonio, quien, en agradecimiento con Doña Eulalia, decidió dejarle a diez pistoleros para que le cuidaran sus sembradíos de los hacendados de Atzizintla que constantemente acosaban a los campesinos de Chichipica para quitarles la tierra y poner más latifundios.
—Viera usted la suerte que he tenido, Evaristo —le decía Don Celedonio en la borrachera—, en una de esas los pistoleros se echaron a unos sin vergüenzas que se querían llevar a la hermana de la Eulalia.
—¿Y apoco no cree usted que vayan a regresar a buscarlo?
—Esos desgraciados andan ahorita bien apurados con un dizque caudillo de ahí de Morelos. Se los va a llevar la chingada dentro de poco.
—¿Y por qué dice usted que tuvo suerte?
—Porque fue por eso que Doña Crescencia me regaló a la Mica. Pinches indias, si nomás parecen pendejas matándole becerros al pinche cerrote ese —decía el cuatrero mientras le daba un largo trago al pulque—, pero bien que saben, y el montón ese de piedra bien que está vivo y ve lo que uno hace que hasta mujeres regala.
—¿Apoco cree usted en esas cosas?, si el padrecito de ahí de Texmalaca dice que esas cosas ni existen, quesque nomás Dios da y quita.
—Dios da y Dios quita, mi Evaristo, pero los dioses de las indias también existen, y también son de cuidado —Decía Celedonio con la mirada perdida en su pocillo de barro—, y la mera verdad yo no me voy a andar arriesgando a andar quedando mal con ningún dios. Viera usted que eso es malísimo, ya varios aquí se los han quebrado por andar despreciando a las inditas y a los padrecitos. Mejor perderles el amor a unos pesos que a la vida.
Esa fue otra de tantas noches que Micaela tuvo que ir a la cantina por su esposo borracho, y otra de tantas en las que Evaristo aprovechó para ensortijarla con palabras dulces y miradas coquetas que sonrojaban las pálidas mejillas de la niña que empezaba a tomarle gusto a la galantería del jornalero.
—¿No te cansas de venir por tu marido todos los días, de verlo siempre hasta la madre de borracho?
—Embeces —respondía la niña—, pero cuando así le toca el marido a uno ¿ya qué se le hace?
—Si tuviera yo una mujer así de bonita no andaría perdiendo el tiempo entre un montón de borrachos apestosos a chivo —le decía Evaristo con su mejor sonrisa y con los ojos infatuados.
La pequeña bajaba el mentón con una sonrisa sonrojada, miraba de reojo al jornalero y soltaba una risita coqueta.
Era medio día cuando los fugitivos llegaron hasta la cima del cerro. Los ánimos en el valle parecían haberse calmado y el propio viento parecía haberse sosegado. Evaristo sacó su machete y empezó a cortar ramas de los árboles mientras Micaela lo miraba sentada sobre una piedra musgosa.
—Ayúdame a hilar esto —le dijo el jornalero al tiempo que le pasaba un manojo fresco de zacatón.
Pasadas las horas, la pareja empezó a levantar un jacal improvisado con ramas y cuerdas torpemente hiladas; Evaristo sacó de su morral unos costales viejos y los cortó por la mitad para ponerle un techo al cobertizo. Cuando hubieron terminado, el jornalero se dio por primera vez el lujo de estrechar a Micaela entre sus brazos; sus cabellos perfumados a jazmín embriagaban sus sentidos, y al sentir sus pequeños hombros contra su pecho le colmaba de una indescriptible sensación de triunfo. Era ahora un hombre realizado, y al fin tenía la mujer que creía merecer, con una belleza que sólo él tenía la sensibilidad para apreciar.
—¿Nos vamos a quedar aquí? —preguntó la niña.
—Nomás hasta que se enfríen los cuatreros. Después vamos a bajar del lado de Temaxcaltitla y nos vamos directito a La Antigua, ahí tengo un jacal harto bonito pa’ que vivas como reina.
Micaela se limitó a suspirar en silencio.
El cerro empezó a suspirar también, con un rumor enmudecido que acariciaba las copas de los árboles como un arpista acaricia las cuerdas de su instrumento. Un crepitar cargado de recelo parecía reverberar en los troncos retorcidos a su alrededor, y las nubes de a poco se iban cerrando en el cielo ocre del atardecer.
Pronto el silencio entre ambos se convirtió en el silencio mismo del cerro, el trino de los insectos y las aves se apagó por un momento, como si el aire mismo se hubiera quedado quieto alrededor de la pareja y su jacal improvisado.
—¿Dijiste algo? —preguntó la niña al jornalero.
—¿No fuiste tu?
Entre los árboles, sus ramas siseaban como un murmullo apagado, entre el verde de los arbustos las sombras se convertían en ojos y las hormigas en oídos atentos a su conversación. Una rama partida a lo lejos agitó las hojas en la tierra, y un estrépito similar a los cascos de un caballo se escuchó desde el sendero a la cima.
—Viene alguien —dijo Micaela asustada—, segurito que es él.
—Fue sólo el viento, ahí no hay naiden.
Ambos se mantuvieron inmóviles, tratando de divisar en las lejanías el origen del sonido, pero su mirada no alcanzó a divisar alma alguna en medio de aquella soledad que empezaba a volverse mutua.
—¿No extraña usted Chichipica? —le preguntaba el jornalero a la niña cuando iba a recoger a su marido borracho a la cantina.
—No me acuerdo, ‘taba yo bien chiquita cuando me trajeron pa’ ‘ca.
—¿Y apoco no le da a usted curiosidad?
La niña no respondía y se limitaba a sonreírle al piso mugriento de la cantina.
—Si yo tuviera una mujer como usted, me la llevaría lejos. No podría tener a mujer tan bella en este pueblucho refundido en la sierra.
La pequeña le sonreía con disimulo y aprovechaba el descuido de los pistoleros para acariciar las manos de Evaristo cuando sus bracitos rodeaban el cuerpo inerte de Don Celedonio.
El índigo del atardecer resplandecía sobre las copas de los árboles que observaban atentos cada movimiento de la pareja fugitiva. En las lejanías del valle los jinetes volvían sin éxito al pueblo, ambos miraban con alivios aquellas siluetas diminutas como hormigas.
—Vas a ver que te va a gustar harto La Antigua. Por ahí cerca queda la playa, y cuando estemos allí te voy a llevar todos los días al mar, pa’ mirarte como las sirenas que tanto mientan los pescadores del puerto —prometía Evaristo.
La infantil timidez de Micaela le impedía pronunciar palabra alguna, la ilusión del mar limitaba su rostro a una mueca ilusionada con la que miraba expectante al prieto jornalero que la miraba con ojos de depredador.
Conforme se apagaba la luz del sol, el silencio montañés se convertía en una infranqueable muralla de silencio que presionaba con ahínco sobre los pechos recalcitrantes de los fugitivos que se perdían en la dificultad de sus hazañas.
La quietud de aquella estampa serrana enaltecía las sombras de los árboles que parecían inclinarse sobre ellos como sombras malignas alrededor de una cuna. Las siluetas de las alimañas que saltaban de rama en rama buscando refugio de la oscuridad se antojaban a la imaginación como brazos extendidos que danzaban alrededor del jacal con el cántico maldito de las indias que le sacrificaban gallinas y becerros al cerro.
La noche criminal se consumó tras dos meses de jugueteos y galanterías veladas de Evaristo. Cuando Micaela iba por su esposo a la cantina, su frágil cuerpo parecía romperse bajo el peso del bruto que había osado tomarla por mujer. Esa noche Evaristo se había gastado lo último de la raya en embriagar a los pistoleros de Don Celedonio. Incapaces de cargar a su patrón, el jornalero se ofreció a ayudarles a llevar al cuatrero a su casa, y durante el camino aprovechó para sacarle el revólver del cinturón.
Cuando llegaron a la hacienda del ganadero, Evaristo aventó su cuerpo inerme al corral de los cerdos, y con la audacia criminal de quien no tiene nada que perder, les disparó a los pistoleros de Don Celedonio. Una bala en cada frente, como una cruz de ceniza que adornaba las almas de aquellos cuerpos para ser echadas de los áureos portones de los cielos hasta el infierno.
—Pícale, querida —le dijo el jornalero a la niña—, que no tardan en venir los hombres de este cabrón.
Y amparados por la oscuridad de la noche, ambos se lanzaron a los matorrales donde las siluetas retozaban como diablos en los ojos de sus perseguidores, y el crepitar de las ramas espantaba de muerte a los caballos que intentaban cruzar fuera de los senderos marcados por las indias desde tiempo atrás.
—¿Pa’ dónde vamos? —preguntó la niña.
—‘Amos al cerro, ahí no nos van a encontrar.
—Pero nadie sube el Xochicalcatl, hasta las indias le tienen miedo.
—Pos por eso nadie nos va a ir a buscar allá.
Y en medio de fogonazos de bala y jinetes confundidos, la pareja se escabulló por las sombras hasta alejarse de la quietud maldita de aquellos valles.
El crujir de la hojarasca se movía con el tenue viento que soplaba alrededor de la pareja, las siluetas de la noche engañaban la inteligencia del jornalero, y su presencia ominosa asustaba los ánimos rebeldes de la pequeña Micaela, cuya mirada se perdía en todas direcciones, buscando con miedo la sombra gigantesca del pistolero de Xiquila.
—Fueras de prender tantita lumbre pa’ calentarnos, hace harto frío.
—Si prendemos fuego nos van a ver —respondió Evaristo—, ‘ámonos a dormir, en el jacal nos vamos a dar calor.
Dentro de la improvisada choza, Evaristo se quitó el jorongo y lo echó al suelo, ambos fugitivos se echaron sobre la tela y trataron de conciliar el sueño.
Al cabo de unas horas, el cielo comenzó a gotear sobre los costales cortados del cobertizo, y las manos del jornalero empezaron a recorrer las caderas de Micaela que dormía plácidamente sobre el jorongo terroso. La niña despertó con un sobresalto.
—¿Qué andas haciendo?
—Vas a ser mi mujer, ¿no? —respondió Evaristo en medio de un suspiro—, te voy a enseñar lo que es un verdadero hombre —continuó al tiempo que buscaba sus senos en la oscuridad.
Micaela salió del cobertizo con un sobresalto, la lluvia empezaba a arreciar y los truenos empezaron a tocar sus tambores sobre el blasón celeste.
—¿Qué no me quieres? —preguntó el jornalero—. Porque yo sí te quiero, vieras nomás cómo me palpita el corazón cuando te miro.
—Pero a mí nunca me han tocado así como tú lo haces.
La sonrisa de Evaristo brilló en la oscuridad, un relámpago iluminó el gesto de lascivia en su rostro mientras salía del jacal para buscar el trofeo que le acababa de arrebatar de las manos al cuatrero más audaz de Xiquila.
La niña gritó y se echó a correr, tras ella Evaristo se abría paso entre las barreras que la lluvia ponía frente a sí, y habiendo llegado ambos al sendero de descenso, el rodar de las rocas empezó a galopar cuesta abajo con el resoplar tempestuoso del cierzo que descendía dándoles caza.
A mitad del camino, Micaela tropezó, tras la pequeña de trece años, el jornalero encorvaba el cuerpo como un animal de caza listo para saltar sobre su presa, el rumor de la lluvia se detuvo por un instante, como si el cerro mismo contuviera la respiración, y con una luz cegadora, la estampa del audaz seductor se quedó inmóvil con el atronador estrépito de un relámpago que descargaba su furia con un haz de fuego que se perdía entre el ocre y el violeta de sus lánguidos destellos.
Al volver la penumbra al sendero, un segundo relámpago iluminó el cuerpo inmóvil de Evaristo con un agujero sangrante en el pecho, mientras en las lejanías resoplaba la tormenta con el cabalgar de las rocas que rodaban por el sendero desde la cima.
No fue sino hasta el amanecer que los hombres del cuatrero volvieron a salir en busca de la desaparecida esposa, mas grande fue su sorpresa al ver a Don Celedonio cabalgar desde el sur, con el rostro palidecido y la pequeña dormida en brazos.
Hernández, R. (2026). Xochicalcatl. Prosa & Co., 3(16), 20–25.
El sol se ocultaba tras las montañas cuando él llegó. El reflejo del ocre majestuoso sobre la copa de los árboles quemaba sus retinas mientras contemplaba los cielos, oscureciéndose en lo alto con el azul profundo de la melancolía que lentamente se apoderaba de su ser.
Mientras encendía la fogata y se preparaba para pasar la noche, recordaba la sentencia de aquella bruja que le había condenado al exilio. Palabras ominosas que se incrustaron en lo más profundo de su memoria como el incesante choque de los sables de Oriente que recurrentemente lo atormentaban y, pronto, serían un eco distante entre el crepitar del fuego y los sonidos de las criaturas de la noche.
Al día siguiente reanudó su marcha hacia las montañas, tierras sin dueño lo más alejadas posible del pueblo y de las rutas de los hombres. Estaba decidido a llegar hasta donde nadie pudiera hallarlo, donde no pudiera causar daño, ni pudiera ser dañado.
Gavrilo había sido, durante mucho tiempo, un caballero respetado por su pueblo, marcado por la cruz y ungido por el Patriarca de Occidente, admirado principalmente por haber sobrevivido a la cruenta guerra contra los sarracenos y los otomanos. Se decía entre los hombres que su audacia le estaba preparando para cubrirse nuevamente de gloria en una expedición que buscaría llevar de nuevo la guerra a los infieles. Él, sin embargo, esperaba que entre sus paisanos quedara tan solo la leyenda y no el abyecto autoexilio al que ahora se condenaba.
Al acercarse a las faldas de las montañas, un ruido extraño comenzó a seguirlo: tenue al principio, lo bastante lejano para confundirse con el andar de algún animal, pero que conforme avanzaba se tornaba más cercano, como los pasos de un acechante siempre oculto entre la maleza, sin que en momento alguno pudiera distinguir su forma entre las sombras, sólo percibía el crujir constante similar al de la madera, y un discernible aroma a cabello quemado. Ignorándolo, continuó su ascenso por la escarpada pendiente de las colosales montañas que brillaban con el índigo del atardecer, en busca de una cueva para refugiarse.
Al llegar a la cueva se asentó, encendió la fogata y dispuso sus pocas pertenencias junto al montículo de tierra que sería su lecho. Aquella cueva, inhóspita y sombría, sería su hogar, lejos de su gente, y de su tierra.
De pronto, aquel crujido que le acompañaba se escuchó con total claridad desde el fondo de la cueva, donde varios fantasmales ojos amarillos lo miraban desde la oscuridad.
—¿Qué hacéis en mi morada? —preguntó una voz áspera de habla lenta y seseante.
—Pasando el resto de mis días —respondió Gavrilo con voz resignada, sin prestar mucha atención al morador que lo increpaba.
La sombra al fondo de la cueva gruñó molesta y se acercó al fuego, sin que su tenue luz alcanzara a revelar su forma.
—Ningún hombre puede decirse amo de estas montañas, y ninguno sobrevive a esta cueva por más de tres días —advirtió la voz.
—No he venido a señorear montañas ni valles, sino al destierro. Este es el destino que he escogido, y estoy preparado para afrontarlo —dijo el proscrito mientras miraba los valles desde la entrada de la cueva.
La figura resopló molesta una vez más, y se perdió en la oscuridad de su morada.
Gavrilo se mantuvo sereno, contemplando el dorado atardecer acariciar las copas de los árboles en el valle. Si hubiera de morir, que así fuera; prefería eso antes que cumplir la funesta predicción de aquella bruja del Hijaz que le aseguró, en una noche de luna nueva, que sería él quien llevaría la muerte y la pestilencia a su pueblo.
La noche cayó, y la fogata se convirtió en la única luz en medio de la penumbra. Observándola con cierta melancolía, buscó consuelo en su danzar.
El majestuoso silencio del bosque se fundió con la oscuridad nocturna hasta que se vio roto por aullidos, gritos y lamentos que surcaban la espesura. Criaturas indescifrables corrían entre los árboles como astros fugaces, buscando presas humanas para alimentar su hambre insaciable.
Las manos del soldado se vieron posadas por un instante sobre la empuñadura de su espada, al tiempo que los músculos de su cuerpo se tensaban ante la expectativa de la batalla. El proscrito detuvo su mirada en la cruz grabada en el pomo de su arma, y con aquella funesta profecía que pesaba sobre sus hombros, recordó las escrituras.
“… Presten atención, todo Judá, habitantes de Jerusalén y tú, rey Josafat: así les dice el Señor: No teman, ni se acobarden delante de esta gran multitud, porque la batalla no es de ustedes, sino de Dios”
En la gracia del Señor, el soldado encontró sosiego a su instinto bélico, pues supo que su propio exilio entrañaba el bien del prójimo, y la fe en que su ausencia y calma eran la clave para la supervivencia de sus paisanos.
Con la frente en alto, el proscrito envainó la espada y se volvió a sentar junto al fuego.
Al fondo de la cueva se escuchaban susurros acompañados del crujir de madera y un grito largo y lastimero similar al de un gato furioso.
Cansado y desanimado por el largo viaje, Gavrilo se limitó a dormir, imperturbable ante la miríada de sonidos extraños.
La segunda noche, los ruidos continuaron, desde los confines del valle hasta la cúspide de la montaña. En su vigilia, sombras extrañas danzaron en las paredes de la cueva, burlándose de él; a lo lejos, las criaturas que aullaban y gritaban en los bosques imitaban voces humanas, gritando aterrorizadas y suplicando ayuda, tentando a Gavrilo a salir de la seguridad de su refugio y aventurarse al oscuro bosque, donde preparaban sus garras de sombra para incrustarlas a través de su armadura y su carne.
—¿No pensáis socorrerles? —se burló la voz seseante desde las sombras.
Gavrilo no respondió.
—¿Teme acaso el guerrero de Dios a las criaturas que profanan su reino e incumplen su ley?
—No hay temor en mi corazón —respondió Gavrilo—, ni por ti, ni por los espíritus infieles que rondan estas tierras. Pero si he de decidir seguir la ley de Dios, mi pastor, habré de decidir con sabiduría, y mantener la espada envainada.
—¿Ha sido eso lo que le dijisteis a los árabes que asesinasteis? —increpó la voz con tono desafiante.
—Dios ha querido que retomemos la Tierra Santa, no hay error en su juicio perfecto. Pero mi pueblo está en mis manos, y su destino dependerá de mi fe —El soldado se giró hacia la sombra al fondo de la cueva y le extendió la mano—. Recuerda las palabras de tu Dios, demonio, pues en ellas se encuentra la verdad de mi dilema: No necesitan pelear en esta batalla; tomen sus puestos y estén quietos, y vean la salvación del Señor con ustedes, oh, Judá y Jerusalén.
La sombra resopló fastidiada ante el sonido de la palabra del Señor, y con un suave seseo se devolvió a las profundidades de las sombras.
Sin ánimos de sucumbir ante los engaños y las bajezas de las criaturas de la noche, Gavrilo se entregó nuevamente al sueño, vislumbrando los ojos amarillos al fondo de la cueva mientras cerraba los ojos.
La tercera noche, los gritos se tornaron insoportables. El valle entero se transformó en un antro de horror y matanza. Las sombras danzaban enardecidas en la cueva, lanzando y arrastrando las posesiones de Gavrilo alrededor de la fogata y, en el bosque, los gritos de las criaturas hablaban con voces humanas y gritaban su nombre desde el valle, intentando atraerlo para quedarse con su alma.
Del fondo de la cueva, la fantasmagórica mirada de irises amarillos emergió, acercándose lentamente al caballero que sostenía una mirada melancólica a la fogata, incapaz de cargar con el peso de la perdición de su pueblo en sus hombros; en ese momento, se reveló su figura de hermoso cuerpo humano desnudo, caminaba con letárgico ritmo y arrastrando un mandoble. Tres cabezas —una de serpiente, otra de hombre y otra de becerro— adornaban su torso, todas sonriendo con ojos que destellaban llamas que se elevaban furibundas hasta el techo de la cueva.
Los ojos de Gavrilo se posaron brevemente sobre la figura que se le acercaba con lentitud, por un momento el ímpetu cruzó su mente: pensó en su propia espada, podía vencer. No obstante, también volvió a su memoria la profecía funesta que intentaba evitar y, tratando de ser fiel a los mandamientos de Dios, se mantuvo inmóvil ante el demonio que se acercaba hacia él.
—Llegó la hora, guerrero —dijo el ser con voz grave, mientras sus cabezas vomitaban llamas sobre las pertenencias de Gavrilo—, el crepúsculo ha marcado nuestro duelo, y mi espada plañe en afán incontenible de probar la sangre vuestra.
—Haz conmigo lo que quieras, demonio. Este es el destino que he escogido —contestó el caballero, dando la espalda al monstruo y mirando hacia la entrada de la cueva—. No llevaré el infortunio a mi gente, ni me acobardaré ante tu presencia, pues esta guerra no es mía, sino de Dios.
Fue lo último que alcanzó a pronunciar. Su visión se tornaba borrosa mientras el demonio atravesaba su pecho con el mandoble, acercando la cabeza de serpiente a su oído.
—¡Tonto! —rieron las tres cabezas—. Vos debías detenerlo.
—Te juro por Dios… —dijo Gavrilo con voz trémula, el tiempo que una de sus manos sujetaba la hoja del mandoble en su pecho y la otra intentaba desenvainar su espada— que morirás aquí.
—Deus vult —dijo el demonio entre risas.
La vida de Gavrilo se extinguía, y la última imagen que sus ojos contemplaron fue la del demonio desplegando unas enormes alas negras en el umbral de la cueva, emprendiendo vuelo hacia el pueblo que había intentado salvar. Y el último recuerdo que invadió su mente, fue el de la bruja cuya profecía intentó evitar, habiendo creído que la victoria de sus almas vendría no de su firmeza, sino de su quietud y su fe.
Hernández, R (2026). La Espada del Piadoso. En El Peso de Decidir I (pp. 89-94). Ediciones Cuarta Orilla / Grupo Etérea S.A.S.
Tras una reñida selección, fue elegida la ganadora del concurso «El Peso de Decidir», convocado por Editorial Cuarta Orilla, mismo en el que he sido seleccionado como finalista.
Tras estas deliberaciones, ha sido publicada la antología que lleva por título el mismo nombre del concurso, misma que ya pueden adquirir directamente a través de Editorial Cuarta Orilla.
De los 1265 cuentos participantes, mi cuento «La Espada del Piadoso», ha recibido la siguiente calificación del jurado:
Puntaje final: 95/100
Desglose por criterios:
Desarrollo del conflicto de decisión: 19/20 Coherencia estructural: 19/20 Calidad del estilo: 19/20 Intensidad emocional y tensión: 19/20 Originalidad y propuesta estética: 19/20
Comentario del jurado:
El relato construye con solvencia una atmósfera épica atravesada por culpa y renuncia. La figura de Gavrilo se sostiene en la tensión entre la gloria pasada y el autoexilio elegido como acto de contención moral. La presencia ominosa que lo acecha funciona como proyección de una conciencia herida, más que como amenaza externa. La prosa mantiene densidad simbólica y coherencia tonal, evitando la grandilocuencia fácil. La decisión de apartarse de la guerra, lejos de presentarse como cobardía, adquiere dimensión ética y trágica, otorgando al texto una resonancia que trasciende el marco histórico.
Como siempre, recomiendo ampliamente adquirir y leer la completud de la antología, esperando sea de su agrado mi aportación a la misma.
En esta ocasión me permito informarles, no sin gran entusiasmo, que he participado en la Antología de Poesía de Editorial Rubin compilada para celebrar el natalicio de Federico García Lorca, titulada «La Sociedad de Lorca».
He participado en esta antología con tres poemas contenidos tanto en mis poemarios aún no publicados «Delirios» y «Últimos Días», mismos que se titulan «Reina de Rosas», «Flores de Estaño» y «Servus Umbrae».
De nueva cuenta, informo que participé con Editorial Caleidoscopio, en esta ocasión en su «Convocatoria de Poesía Mexicana», y con mucho gusto informo que mis poemas fueron seleccionados.
Los participantes, fueron los poemas «Fatalis (Acto de desesperación)» y «Obsesión devota», ambos de mi nuevo poemario «Delirios» (que aún no está publicado).
En esta ocasión, mis textos participan en la antología «Flor y Canto».
La antología ya está en preventa. Los invito a contactar a Editorial Caleidoscopio para adquirir su copia.
El día transcurría bajo el paso solemne de los gigantes que moran en el cielo. El mundo a su alrededor se cubría de la niebla que se eleva desde los rincones de la noche. La oscuridad silente, lo arrulló mientras su mente se entregaba a las visiones de los sueños, donde no habitan ni la razón ni la lógica.
Al despertar, la luz se coló a través de las ventanas y atravesó con premura sus retinas, al tiempo que sus ojos adormilados contemplaban la habitación a su alrededor, donde las caricias del cielo alcanzaban todos los rincones del recinto. Todos excepto uno: aquella esquina distante se encontraba aún sumida en la oscuridad; la noche entera se congregó en aquella esquina donde la luz se negaba a posarse. Y fue entonces cuando lo vio por primera vez agazapado en la penumbra: una figura similar a un hombre, de piel como la arcilla y rostro decrépito, cuyos ojos hundidos lo observaban en silencio.
Trató de no prestarle atención y siguió con su día, con la figura caminando lentamente a su lado. No importaba a dónde fuera, el espectro famélico lo seguía, con sus pasos inaudibles y su mirada fija.
Los días pasaron sin mayor perturbación. Él persistía en su vida diaria, ignorando al extraño visitante, cuya presencia pasaba inadvertida para todos salvo para él. Sin embargo, con el pasar del tiempo se volvió evidente que aquella figura observaba activamente, como un niño curioso, el mundo que le rodeaba.
Meses después, el visitante comenzó a susurrarle al oído mientras dormía. Al principio eran murmullos ininteligibles, pero lentamente comenzaron a adquirir forma; como un infante descubriendo los secretos del lenguaje. Al inicio eran simples descripciones de su entorno, pero al transcurso de los días, los murmullos evolucionaron en ideas articuladas; unas coherentes, otras amalgamas caóticas de pensamientos inconclusos.
Al principio, él no dio importancia a estos delirios, eran apenas descripciones de lo que veía. Pero con prontitud, algunas se hicieron más articuladas, otras más coherentes; mientras que otras empezaron a tomar formas un tanto impredecibles o más obscuras, como amalgamaciones de pensamientos inconclusos o ideas corriendo sin relación entre sí. Su habla era mero fluir de su conciencia retorcida. Pero un día, mientras leía el periódico en un café, el visitante se inclinó hacia él y susurró:
—Ellos te engañan.
Intentó ignorarlo, pero la figura, señalando con sus largos dedos, insistía en las imágenes del periódico.
—Mira cómo siguen ciegamente el dogma de los textos antiguos, sin detenerse a cuestionar su significado ni su valor ontológico.
Frunció el ceño y hojeó la nota sobre la postura del estado eclesiástico respecto al arte, las costumbres populares y la fe. Descartó el comentario del visitante, convenciéndose de que éste no comprendía de política ni de religión.
—La espiritualidad compele al hombre a una naturaleza superior. El dogma, en su esencia, busca el progreso del ser, más allá del miedo y la superstición —agregó el visitante.
Él descartó el comentario del visitante mientras sacudía su hombro para quitárselo de encima, pero aquello no fue un incidente aislado. Conforme pasaban los días, las disertaciones del visitante empezaban a ser un tanto más críticas del mundo a su alrededor, no sólo en lo espiritual, sino en lo costumbrista y lo filosófico. Conforme pasaban los días, las observaciones del visitante se volvían más agudas y profundas. Criticaba la virtud de los seguidores del estado eclesiástico, la superstición de las amas de casa, la hipocresía de los líderes guerreros. Reflexionaba sobre la naturaleza de la virtud, del vicio y de la degeneración humana.
Aunque trataba de ignorarlo, no podía evitar escuchar. Sus palabras, cada vez más coherentes, ofrecían una perspectiva que comenzó a infiltrarse en sus propios pensamientos. Para su disgusto, el visitante se había convertido en un confidente involuntario de su propia desesperanza.
Una tarde, mientras contemplaban desde la ventana la llegada de un grupo de peregrinos al pueblo, el visitante susurró:
—Míralos, entregados al vicio y la devoción supersticiosa.
Él compartía su desprecio. La hermosa tradición se había corrompido; las instituciones y principios éticos se habían podrido. Con la guerra en ciernes, ya no quedaba esperanza.
Esa noche, cenó sopa en compañía de su visitante, cuyas disertaciones, aunque sombrías, se habían vuelto parte de su rutina. Sin embargo, algo lo invadió esa noche: un deseo impulsado por la curiosidad morbosa atraída a ese vicio, a la vileza de las masas que se embriagaban y entregaban a sus más bajos instintos al amparo de los negros cielos. Mientras él contemplaba la algarabía desde su ventana, el visitante, temeroso, le susurraba al oído que no se fuera. Imploró en vano.
—En ese sueño no hay lugar para mí — dijo el visitante al llegar ambos al umbral de la puerta.
Él lo miró: aquella figura se deshacía en pánico ante la idea misma de salir al jolgorio del pueblo. Pero él no desistiría. La curiosidad era más fuerte.
—Yo siempre estaré presente, y aquí seguiré cuando regreses —susurró el visitante.
Y cruzó la puerta.
Las calles rebosaban de borrachos y prostitutas, cada uno más vil que el anterior, y todos completamente absortos en un estado onírico y carente de razón. Las coplas y las décimas volaban por los aires mientras los libertinos daban cátedra de sus artes en las calles. Y entre ellos, él avanzaba, sintiendo cómo el éxtasis grotesco lo atrapaba.
A lo lejos, algo llamó su atención: una gran masa de personas congregadas afuera de la capilla. Sin pensarlo decidió acercarse, allí donde las masas se apilaban con un orden y atención que resultaba impropia de su estado casi bestial de festejo y libertinaje, sus rostros se contorsionaban ante lo que presenciaban, y sus conciencias se entregaban enteramente al delirio de la noche.
En el centro, el macho cabrío daba cátedra de sus secretos. Sus palabras eran veneno envuelto en oro; sus ademanes hipnóticos. Las masas le escuchaban, le adoraban, le entregaban a sus mujeres y su progenie, mientras sucumbían en su entereza a sus enseñanzas.
Él se acercó a escuchar la liturgia del mal, y mientras lo hacía pensaba en su visitante, que esperaba asustado en casa. Un sentimiento de añoranza le atrapó, sin embargo, su leal amigo no estaba aquí, en medio de la vorágine y el caos.
Miró por un momento al macho cabrío impartiendo su cátedra. Y sintiendo una punzada de tristeza, se confortó:
—Que duerma mientras espera —pensó en sus adentros—. Sí. Que duerma. Que duerma muy profundamente, mientras yo paso otro rato aquí, en el candor de mi pueblo. Que cierre las ventanas y tranque la puerta… y que no apague las luces. Él sabrá hacerlo, sabrá esperar. Espero que lo sepa, porque si no vendrán los monstruos.
Y sin mayor dilación, se unió a la congregación enardecida.
Hace uno o dos meses, decidí participar en el «Concurso de Duelo y Pérdida» de Editorial Caleidoscopio.
El participante en cuestión, fue el poema «Vuelves», que integra el tercer capítulo de mi nuevo poemario «Delirios» (que aún no está publicado).
Si bien no me puedo decir ganador, con orgullo puedo decirme finalista del certamen en cuestión, siendo mi poema uno de los seleccionados para ser publicado en la antología «Río de Silencios».
La antología ya está en preventa. Los invito a contactar a Editorial Caleidoscopio para adquirir su copia.