Categoría: Cuentos

  • El sol se ocultaba tras las montañas cuando él llegó. El reflejo del ocre majestuoso sobre la copa de los árboles quemaba sus retinas mientras contemplaba los cielos, oscureciéndose en lo alto con el azul profundo de la melancolía que lentamente se apoderaba de su ser. 

    Mientras encendía la fogata y se preparaba para pasar la noche, recordaba la sentencia de aquella bruja que le había condenado al exilio. Palabras ominosas que se incrustaron en lo más profundo de su memoria como el incesante choque de los sables de Oriente que recurrentemente lo atormentaban y, pronto, serían un eco distante entre el crepitar del fuego y los sonidos de las criaturas de la noche. 

    Al día siguiente reanudó su marcha hacia las montañas, tierras sin dueño lo más alejadas posible del pueblo y de las rutas de los hombres. Estaba decidido a llegar hasta donde nadie pudiera hallarlo, donde no pudiera causar daño, ni pudiera ser dañado. 

    Gavrilo había sido, durante mucho tiempo, un caballero respetado por su pueblo, marcado por la cruz y ungido por el Patriarca de Occidente, admirado principalmente por haber sobrevivido a la cruenta guerra contra los sarracenos y los otomanos. Se decía entre los hombres que su audacia le estaba preparando para cubrirse nuevamente de gloria en una expedición que buscaría llevar de nuevo la guerra a los infieles. Él, sin embargo, esperaba que entre sus paisanos quedara tan solo la leyenda y no el abyecto autoexilio al que ahora se condenaba. 

    Al acercarse a las faldas de las montañas, un ruido extraño comenzó a seguirlo: tenue al principio, lo bastante lejano para confundirse con el andar de algún animal, pero que conforme avanzaba se tornaba más cercano, como los pasos de un acechante siempre oculto entre la maleza, sin que en momento alguno pudiera distinguir su forma entre las sombras, sólo percibía el crujir constante similar al de la madera, y un discernible aroma a cabello quemado. Ignorándolo, continuó su ascenso por la escarpada pendiente de las colosales montañas que brillaban con el índigo del atardecer, en busca de una cueva para refugiarse. 

    Al llegar a la cueva se asentó, encendió la fogata y dispuso sus pocas pertenencias junto al montículo de tierra que sería su lecho. Aquella cueva, inhóspita y sombría, sería su hogar, lejos de su gente, y de su tierra. 

    De pronto, aquel crujido que le acompañaba se escuchó con total claridad desde el fondo de la cueva, donde varios fantasmales ojos amarillos lo miraban desde la oscuridad. 

    —¿Qué hacéis en mi morada? —preguntó una voz áspera de habla lenta y seseante. 

    —Pasando el resto de mis días —respondió Gavrilo con voz resignada, sin prestar mucha atención al morador que lo increpaba. 

    La sombra al fondo de la cueva gruñó molesta y se acercó al fuego, sin que su tenue luz alcanzara a revelar su forma. 

    —Ningún hombre puede decirse amo de estas montañas, y ninguno sobrevive a esta cueva por más de tres días —advirtió la voz. 

    —No he venido a señorear montañas ni valles, sino al destierro. Este es el destino que he escogido, y estoy preparado para afrontarlo —dijo el proscrito mientras miraba los valles desde la entrada de la cueva. 

    La figura resopló molesta una vez más, y se perdió en la oscuridad de su morada. 

    Gavrilo se mantuvo sereno, contemplando el dorado atardecer acariciar las copas de los árboles en el valle. Si hubiera de morir, que así fuera; prefería eso antes que cumplir la funesta predicción de aquella bruja del Hijaz que le aseguró, en una noche de luna nueva, que sería él quien llevaría la muerte y la pestilencia a su pueblo.  

    La noche cayó, y la fogata se convirtió en la única luz en medio de la penumbra. Observándola con cierta melancolía, buscó consuelo en su danzar. 

    El majestuoso silencio del bosque se fundió con la oscuridad nocturna hasta que se vio roto por aullidos, gritos y lamentos que surcaban la espesura. Criaturas indescifrables corrían entre los árboles como astros fugaces, buscando presas humanas para alimentar su hambre insaciable. 

    Las manos del soldado se vieron posadas por un instante sobre la empuñadura de su espada, al tiempo que los músculos de su cuerpo se tensaban ante la expectativa de la batalla. El proscrito detuvo su mirada en la cruz grabada en el pomo de su arma, y con aquella funesta profecía que pesaba sobre sus hombros, recordó las escrituras. 

    “… Presten atención, todo Judá, habitantes de Jerusalén y tú, rey Josafat: así les dice el Señor: No teman, ni se acobarden delante de esta gran multitud, porque la batalla no es de ustedes, sino de Dios” 

    En la gracia del Señor, el soldado encontró sosiego a su instinto bélico, pues supo que su propio exilio entrañaba el bien del prójimo, y la fe en que su ausencia y calma eran la clave para la supervivencia de sus paisanos. 

    Con la frente en alto, el proscrito envainó la espada y se volvió a sentar junto al fuego. 

    Al fondo de la cueva se escuchaban susurros acompañados del crujir de madera y un grito largo y lastimero similar al de un gato furioso. 

    Cansado y desanimado por el largo viaje, Gavrilo se limitó a dormir, imperturbable ante la miríada de sonidos extraños. 

    La segunda noche, los ruidos continuaron, desde los confines del valle hasta la cúspide de la montaña. En su vigilia, sombras extrañas danzaron en las paredes de la cueva, burlándose de él; a lo lejos, las criaturas que aullaban y gritaban en los bosques imitaban voces humanas, gritando aterrorizadas y suplicando ayuda, tentando a Gavrilo a salir de la seguridad de su refugio y aventurarse al oscuro bosque, donde preparaban sus garras de sombra para incrustarlas a través de su armadura y su carne. 

    —¿No pensáis socorrerles? —se burló la voz seseante desde las sombras. 

    Gavrilo no respondió. 

    —¿Teme acaso el guerrero de Dios a las criaturas que profanan su reino e incumplen su ley? 

    —No hay temor en mi corazón —respondió Gavrilo—, ni por ti, ni por los espíritus infieles que rondan estas tierras. Pero si he de decidir seguir la ley de Dios, mi pastor, habré de decidir con sabiduría, y mantener la espada envainada. 

    —¿Ha sido eso lo que le dijisteis a los árabes que asesinasteis? —increpó la voz con tono desafiante. 

    —Dios ha querido que retomemos la Tierra Santa, no hay error en su juicio perfecto. Pero mi pueblo está en mis manos, y su destino dependerá de mi fe —El soldado se giró hacia la sombra al fondo de la cueva y le extendió la mano—. Recuerda las palabras de tu Dios, demonio, pues en ellas se encuentra la verdad de mi dilema: No necesitan pelear en esta batalla; tomen sus puestos y estén quietos, y vean la salvación del Señor con ustedes, oh, Judá y Jerusalén. 

    La sombra resopló fastidiada ante el sonido de la palabra del Señor, y con un suave seseo se devolvió a las profundidades de las sombras. 

    Sin ánimos de sucumbir ante los engaños y las bajezas de las criaturas de la noche, Gavrilo se entregó nuevamente al sueño, vislumbrando los ojos amarillos al fondo de la cueva mientras cerraba los ojos. 

    La tercera noche, los gritos se tornaron insoportables. El valle entero se transformó en un antro de horror y matanza. Las sombras danzaban enardecidas en la cueva, lanzando y arrastrando las posesiones de Gavrilo alrededor de la fogata y, en el bosque, los gritos de las criaturas hablaban con voces humanas y gritaban su nombre desde el valle, intentando atraerlo para quedarse con su alma. 

    Del fondo de la cueva, la fantasmagórica mirada de irises amarillos emergió, acercándose lentamente al caballero que sostenía una mirada melancólica a la fogata, incapaz de cargar con el peso de la perdición de su pueblo en sus hombros; en ese momento, se reveló su figura de hermoso cuerpo humano desnudo, caminaba con letárgico ritmo y arrastrando un mandoble. Tres cabezas —una de serpiente, otra de hombre y otra de becerro— adornaban su torso, todas sonriendo con ojos que destellaban llamas que se elevaban furibundas hasta el techo de la cueva. 

    Los ojos de Gavrilo se posaron brevemente sobre la figura que se le acercaba con lentitud, por un momento el ímpetu cruzó su mente: pensó en su propia espada, podía vencer. No obstante, también volvió a su memoria la profecía funesta que intentaba evitar y, tratando de ser fiel a los mandamientos de Dios, se mantuvo inmóvil ante el demonio que se acercaba hacia él. 

    —Llegó la hora, guerrero —dijo el ser con voz grave, mientras sus cabezas vomitaban llamas sobre las pertenencias de Gavrilo—, el crepúsculo ha marcado nuestro duelo, y mi espada plañe en afán incontenible de probar la sangre vuestra. 

    —Haz conmigo lo que quieras, demonio. Este es el destino que he escogido —contestó el caballero, dando la espalda al monstruo y mirando hacia la entrada de la cueva—. No llevaré el infortunio a mi gente, ni me acobardaré ante tu presencia, pues esta guerra no es mía, sino de Dios.  

    Fue lo último que alcanzó a pronunciar. Su visión se tornaba borrosa mientras el demonio atravesaba su pecho con el mandoble, acercando la cabeza de serpiente a su oído. 

    —¡Tonto! —rieron las tres cabezas—. Vos debías detenerlo. 

    —Te juro por Dios… —dijo Gavrilo con voz trémula, el tiempo que una de sus manos sujetaba la hoja del mandoble en su pecho y la otra intentaba desenvainar su espada— que morirás aquí. 

    —Deus vult —dijo el demonio entre risas. 

    La vida de Gavrilo se extinguía, y la última imagen que sus ojos contemplaron fue la del demonio desplegando unas enormes alas negras en el umbral de la cueva, emprendiendo vuelo hacia el pueblo que había intentado salvar. Y el último recuerdo que invadió su mente, fue el de la bruja cuya profecía intentó evitar, habiendo creído que la victoria de sus almas vendría no de su firmeza, sino de su quietud y su fe. 

    Hernández, R (2026). La Espada del Piadoso. En El Peso de Decidir I (pp. 89-94). Ediciones Cuarta Orilla / Grupo Etérea S.A.S.

  • Tras una reñida selección, fue elegida la ganadora del concurso «El Peso de Decidir», convocado por Editorial Cuarta Orilla, mismo en el que he sido seleccionado como finalista.

    Tras estas deliberaciones, ha sido publicada la antología que lleva por título el mismo nombre del concurso, misma que ya pueden adquirir directamente a través de Editorial Cuarta Orilla.

    De los 1265 cuentos participantes, mi cuento «La Espada del Piadoso», ha recibido la siguiente calificación del jurado:

    Puntaje final: 95/100

    Desglose por criterios:

    Desarrollo del conflicto de decisión: 19/20
    Coherencia estructural: 19/20
    Calidad del estilo: 19/20
    Intensidad emocional y tensión: 19/20
    Originalidad y propuesta estética: 19/20

    Comentario del jurado:

    El relato construye con solvencia una atmósfera épica atravesada por culpa y renuncia. La figura de Gavrilo se sostiene en la tensión entre la gloria pasada y el autoexilio elegido como acto de contención moral. La presencia ominosa que lo acecha funciona como proyección de una conciencia herida, más que como amenaza externa. La prosa mantiene densidad simbólica y coherencia tonal, evitando la grandilocuencia fácil. La decisión de apartarse de la guerra, lejos de presentarse como cobardía, adquiere dimensión ética y trágica, otorgando al texto una resonancia que trasciende el marco histórico.

    Como siempre, recomiendo ampliamente adquirir y leer la completud de la antología, esperando sea de su agrado mi aportación a la misma.

  • El día transcurría bajo el paso solemne de los gigantes que moran en el cielo. El mundo a su alrededor se cubría de la niebla que se eleva desde los rincones de la noche. La oscuridad silente, lo arrulló mientras su mente se entregaba a las visiones de los sueños, donde no habitan ni la razón ni la lógica.

    Al despertar, la luz se coló a través de las ventanas y atravesó con premura sus retinas, al tiempo que sus ojos adormilados contemplaban la habitación a su alrededor, donde las caricias del cielo alcanzaban todos los rincones del recinto. Todos excepto uno: aquella esquina distante se encontraba aún sumida en la oscuridad; la noche entera se congregó en aquella esquina donde la luz se negaba a posarse. Y fue entonces cuando lo vio por primera vez agazapado en la penumbra: una figura similar a un hombre, de piel como la arcilla y rostro decrépito, cuyos ojos hundidos lo observaban en silencio.

    Trató de no prestarle atención y siguió con su día, con la figura caminando lentamente a su lado. No importaba a dónde fuera, el espectro famélico lo seguía, con sus pasos inaudibles y su mirada fija.

    Los días pasaron sin mayor perturbación. Él persistía en su vida diaria, ignorando al extraño visitante, cuya presencia pasaba inadvertida para todos salvo para él. Sin embargo, con el pasar del tiempo se volvió evidente que aquella figura observaba activamente, como un niño curioso, el mundo que le rodeaba.

    Meses después, el visitante comenzó a susurrarle al oído mientras dormía. Al principio eran murmullos ininteligibles, pero lentamente comenzaron a adquirir forma; como un infante descubriendo los secretos del lenguaje. Al inicio eran simples descripciones de su entorno, pero al transcurso de los días, los murmullos evolucionaron en ideas articuladas; unas coherentes, otras amalgamas caóticas de pensamientos inconclusos.

    Al principio, él no dio importancia a estos delirios, eran apenas descripciones de lo que veía. Pero con prontitud, algunas se hicieron más articuladas, otras más coherentes; mientras que otras empezaron a tomar formas un tanto impredecibles o más obscuras, como amalgamaciones de pensamientos inconclusos o ideas corriendo sin relación entre sí. Su habla era mero fluir de su conciencia retorcida. Pero un día, mientras leía el periódico en un café, el visitante se inclinó hacia él y susurró:

    —Ellos te engañan. 

    Intentó ignorarlo, pero la figura, señalando con sus largos dedos, insistía en las imágenes del periódico.

    —Mira cómo siguen ciegamente el dogma de los textos antiguos, sin detenerse a cuestionar su significado ni su valor ontológico. 

    Frunció el ceño y hojeó la nota sobre la postura del estado eclesiástico respecto al arte, las costumbres populares y la fe. Descartó el comentario del visitante, convenciéndose de que éste no comprendía de política ni de religión.

    —La espiritualidad compele al hombre a una naturaleza superior. El dogma, en su esencia, busca el progreso del ser, más allá del miedo y la superstición —agregó el visitante.

    Él descartó el comentario del visitante mientras sacudía su hombro para quitárselo de encima, pero aquello no fue un incidente aislado. Conforme pasaban los días, las disertaciones del visitante empezaban a ser un tanto más críticas del mundo a su alrededor, no sólo en lo espiritual, sino en lo costumbrista y lo filosófico. Conforme pasaban los días, las observaciones del visitante se volvían más agudas y profundas. Criticaba la virtud de los seguidores del estado eclesiástico, la superstición de las amas de casa, la hipocresía de los líderes guerreros. Reflexionaba sobre la naturaleza de la virtud, del vicio y de la degeneración humana.

    Aunque trataba de ignorarlo, no podía evitar escuchar. Sus palabras, cada vez más coherentes, ofrecían una perspectiva que comenzó a infiltrarse en sus propios pensamientos. Para su disgusto, el visitante se había convertido en un confidente involuntario de su propia desesperanza.

    Una tarde, mientras contemplaban desde la ventana la llegada de un grupo de peregrinos al pueblo, el visitante susurró:

    —Míralos, entregados al vicio y la devoción supersticiosa.

    Él compartía su desprecio. La hermosa tradición se había corrompido; las instituciones y principios éticos se habían podrido. Con la guerra en ciernes, ya no quedaba esperanza.

    Esa noche, cenó sopa en compañía de su visitante, cuyas disertaciones, aunque sombrías, se habían vuelto parte de su rutina. Sin embargo, algo lo invadió esa noche: un deseo impulsado por la curiosidad morbosa atraída a ese vicio, a la vileza de las masas que se embriagaban y entregaban a sus más bajos instintos al amparo de los negros cielos. Mientras él contemplaba la algarabía desde su ventana, el visitante, temeroso, le susurraba al oído que no se fuera. Imploró en vano.

    —En ese sueño no hay lugar para mí — dijo el visitante al llegar ambos al umbral de la puerta.

    Él lo miró: aquella figura se deshacía en pánico ante la idea misma de salir al jolgorio del pueblo. Pero él no desistiría. La curiosidad era más fuerte.

    —Yo siempre estaré presente, y aquí seguiré cuando regreses —susurró el visitante.

    Y cruzó la puerta.

    Las calles rebosaban de borrachos y prostitutas, cada uno más vil que el anterior, y todos completamente absortos en un estado onírico y carente de razón. Las coplas y las décimas volaban por los aires mientras los libertinos daban cátedra de sus artes en las calles. Y entre ellos, él avanzaba, sintiendo cómo el éxtasis grotesco lo atrapaba.

    A lo lejos, algo llamó su atención: una gran masa de personas congregadas afuera de la capilla. Sin pensarlo decidió acercarse, allí donde las masas se apilaban con un orden y atención que resultaba impropia de su estado casi bestial de festejo y libertinaje, sus rostros se contorsionaban ante lo que presenciaban, y sus conciencias se entregaban enteramente al delirio de la noche.

    En el centro, el macho cabrío daba cátedra de sus secretos. Sus palabras eran veneno envuelto en oro; sus ademanes hipnóticos. Las masas le escuchaban, le adoraban, le entregaban a sus mujeres y su progenie, mientras sucumbían en su entereza a sus enseñanzas.

    Él se acercó a escuchar la liturgia del mal, y mientras lo hacía pensaba en su visitante, que esperaba asustado en casa. Un sentimiento de añoranza le atrapó, sin embargo, su leal amigo no estaba aquí, en medio de la vorágine y el caos.

    Miró por un momento al macho cabrío impartiendo su cátedra. Y sintiendo una punzada de tristeza, se confortó:

    —Que duerma mientras espera —pensó en sus adentros—. Sí. Que duerma. Que duerma muy profundamente, mientras yo paso otro rato aquí, en el candor de mi pueblo. Que cierre las ventanas y tranque la puerta… y que no apague las luces. Él sabrá hacerlo, sabrá esperar. Espero que lo sepa, porque si no vendrán los monstruos. 

    Y sin mayor dilación, se unió a la congregación enardecida.


    Hernández, R. (2025). El Visitante. Prosa&Co, 11.