«Xochicalcatl» | Ribay Hernández

Empezaba a amanecer cuando la pareja daba los primeros pasos del escarpado ascenso al cerro. La lozanía del verdor majestuoso de aquel coloso de piedra parecía extenderse hasta el cielo, y el poblado se antojaba apenas una mancha en el valle que se perdía tras ellos.

—Él vendrá por nosotros —dijo ella—, tan sólo es cosa de que se dé cuenta.

—No vendrá, no aquí —respondió él.

Y aunque poco convencidos por aquel pronóstico desganado, ambos continuaron su caminata entre el polvo y las piedras sueltas, amparados por las copas de los árboles que escondían sus siluetas entre la yerba que crecía alrededor del camino a la cumbre.

Evaristo González había llegado a Xiquila hacía tan solo dos meses, venía con una cuadrilla de jornaleros que había traído Jerónimo Huerta de La Antigua para sembrar café en sus campos tras varios intentos fallidos de incursionar en la ganadería que hacía rebosar de pesos los bolsillos de los demás terratenientes del pueblo.

El ánimo sereno de aquellos peones prietos de sol se disipó rápidamente tras ver en la cantina los lujos con los que se despachaban los ganaderos locales. Pronto las conversaciones pasaron de trabajo a envidia, y de la envidia al abigeato. Pero el espíritu más mesurado de Evaristo no fue alebrestado por las promesas vagas de bolsillos llenos y el abandono de la dieta de frijoles con sal, por el contrario, se opuso cuanto pudo a la tentación de la asociación delictuosa que traían sus compañeros entre manos. Sin embargo, su alma no salió incólume de aquella cantina.

Xiquila era un poblado relativamente pequeño para el auge ganadero que tenía, un valle ínfimo en medio de la sierra, rodeado de grandes colosos de pétreos riscos y muros negruzcos, no tenía ningún tipo de atractivo aparente para quienes buscaban las amenidades necesarias para la cría; y aun así, el pueblo era el lugar por excelencia para comprar ganado sano y robusto a precios excelentes.

De entre aquellos ilustres maestros de los animales de corral, destacaba un hombre de aspecto recio y carácter tormentoso. Don Celedonio Martínez era dueño de la mitad de los potreros del pueblo, y se daba el lujo de pasearse altivamente por las calles con sus dos pistoleros y su puro en la boca.

Pero no fue el abundante bigote de Don Celedonio, ni sus finas botas lo que inflamó los ánimos de Evaristo, sino la blanca estampa que se apareció en el estupor de una noche de mayo en la cantina donde dormitaba en medio de su borrachera. Aquella niña con piel de porcelana y grandes ojos negros quedó quemada en las córneas del jornalero en cuanto la vio llegar con uno de los pistoleros de Martínez para llevárselo a rastras de vuelta a su quinta.

—Ira, vino su hija por Don Cele —le dijo a otro jornalero.

—Como serás pendejo —le contestó—, es su esposa.

La belleza juvenil de la pequeña se mezcló en la mente de Evaristo con el hedor del pulque corriente y sus propias y complejas pasiones, por lo que pronto sintió el estómago revolvérsele al imaginar a aquel bruto mancillar la pureza de tan bella criatura. Ese recuerdo no sólo evocaba la repulsión que sentía por los ganaderos y las aspiraciones de sus compañeros por adentrarse en aquel gremio pestilente, sino que inflamó asimismo una sensación de superioridad sobre aquel que de inmediato consideró su rival. ¿Quién sino él era merecedor de la beldad de tan bella moza? Él, que tenía la sensibilidad y desarrollada apreciación por la belleza de una mujer, cosa de la que seguro carecía aquella bestia que se pasaba los días entre el estiércol y las garrapatas de sus animales.

No pasó largo tiempo para que el jornalero antigüense empezara a cortejar a la pequeña Micaela. Empezó gastando la raya para invitarle más trago a Don Celedonio, lo bastante para que su infante esposa tuviera que ir por él hasta la cantina. Al haberse ganado la simpatía del ganadero, éste lo empezó a invitar a su mesa, y cada vez que la niña iba por su marido, Evaristo no dejaba pasar la ocasión para coquetearle entre la distracción de los pistoleros. Sentía la sangre bullir en su rostro cada vez que Micaela lo miraba con sus grandes ojos negros, y su pecho henchido de pasiones dejaba ir de vez en vez los suspiros que la niña le arrancaba cada vez que se reía de sus coqueteos.

—Usted ya ni ha de dormir bien por venir todos los días a recoger al pelado este —le decía—, si va a andar con un vicioso, hubiera de menos buscarse un hombre que sea bueno pal pulque.

—Todos los hombres son buenos pal vicio —le respondía entre risas—, pero muchos no tienen corazón.

—Viera usted el corazonzote que tengo, ‘ta harto grande. Si usted quisiera la podría complacer más que cualquier otro.

La niña no hacía más que reír sonrojada ante los coqueteos del jornalero.

Se aproximaban a la cima del cerro cuando escucharon tiros desde el valle. La pareja fugitiva se estremeció al ver en las lejanías los grupos de caballerangos rondando alrededor del pueblo como hormigas alrededor de un animal muerto. El viento silbaba en las copas de los árboles como un quejido contenido, y el rostro de la pequeña se contorsionaba con miedo ante el espíritu de la montaña.

—¿Por qué no regresamos? —preguntó Micaela—. Capaz que Cele te perdona, capaz y hasta te da una ayudita.

—Ya ‘ta hecho, querida. Y ya no te puedo devolver con aquel mocetón vicioso. Vas a ver que conmigo te va a ir mejor; hasta vas a andar más contenta.

La pequeña suspiró con cierta resignación y siguió su camino con el ilícito amante. Los sonidos de aquel sendero tenebroso la aterraban, pero la determinación del antigüense le daba el valor suficiente para atravesar entre las arboledas de troncos retorcidos y los cardos en flor que crecían entre hiedras y pastos.

Pasadas un par de semanas en Xiquila, los jornaleros advirtieron que aquel próspero pueblo no era la potencia pecuaria que aparentaba. Los potreros no tenían pastos y los graneros de los terratenientes rara vez tenían alimento o insumos para mantener vivos a los animales. Aquellos prósperos campesinos que siempre montaban armados hasta los dientes eran cuatreros, y todo el ganado del pueblo era de paso. Llegaban los caballerangos por la noche con el botín y en los días subsecuentes se vendían a los compradores que venían desde lejos buscando los precios imposibles de Xiquila. Un negocio redondo.

Esta realidad, lejos de incomodar a los compañeros de Evaristo, únicamente parecía alentar sus maquinaciones criminales. La estructura para su planeada operación ya estaba dispuesta en la economía del pueblo, tan sólo necesitaban el capital y la disposición para ponerla a su favor.

De aquellos cuatreros, Don Celedonio Martínez no era sólo el más audaz, sino el que tenía la red de arrieros más extendida de la región. A diferencia de sus paisanos, no se conformaba con robar cabezas de Frijolillo o Cieneguilla, sino que extendía las manos hasta San Juanero y Loma Grande; la merma la vendía en Texmola y San Antonio, y si sobraba algún becerro, de vez en cuando pasaba al Tuzal o a Texmalaca para regalárselo a las indias que le rendían culto al cerro y hacían brujerías variadas con los animales, creía que eso le daba buena suerte, y lo confirmó cuando el difunto Feliciano González lo quiso asaltar en San Juanero. Celedonio y sus hombres se replegaron hasta Chichipica, donde Doña Eulalia Mendoza les recibió y les dejó utilizar su casa como fuerte para repeler el ataque. Fue ahí donde cayó Feliciano González y su operación pasó a manos de Celedonio, quien, en agradecimiento con Doña Eulalia, decidió dejarle a diez pistoleros para que le cuidaran sus sembradíos de los hacendados de Atzizintla que constantemente acosaban a los campesinos de Chichipica para quitarles la tierra y poner más latifundios.

—Viera usted la suerte que he tenido, Evaristo —le decía Don Celedonio en la borrachera—, en una de esas los pistoleros se echaron a unos sin vergüenzas que se querían llevar a la hermana de la Eulalia.

—¿Y apoco no cree usted que vayan a regresar a buscarlo?

—Esos desgraciados andan ahorita bien apurados con un dizque caudillo de ahí de Morelos. Se los va a llevar la chingada dentro de poco.

—¿Y por qué dice usted que tuvo suerte?

—Porque fue por eso que Doña Crescencia me regaló a la Mica. Pinches indias, si nomás parecen pendejas matándole becerros al pinche cerrote ese —decía el cuatrero mientras le daba un largo trago al pulque—, pero bien que saben, y el montón ese de piedra bien que está vivo y ve lo que uno hace que hasta mujeres regala.

—¿Apoco cree usted en esas cosas?, si el padrecito de ahí de Texmalaca dice que esas cosas ni existen, quesque nomás Dios da y quita.

—Dios da y Dios quita, mi Evaristo, pero los dioses de las indias también existen, y también son de cuidado —Decía Celedonio con la mirada perdida en su pocillo de barro—, y la mera verdad yo no me voy a andar arriesgando a andar quedando mal con ningún dios. Viera usted que eso es malísimo, ya varios aquí se los han quebrado por andar despreciando a las inditas y a los padrecitos. Mejor perderles el amor a unos pesos que a la vida.

Esa fue otra de tantas noches que Micaela tuvo que ir a la cantina por su esposo borracho, y otra de tantas en las que Evaristo aprovechó para ensortijarla con palabras dulces y miradas coquetas que sonrojaban las pálidas mejillas de la niña que empezaba a tomarle gusto a la galantería del jornalero.

—¿No te cansas de venir por tu marido todos los días, de verlo siempre hasta la madre de borracho?

—Embeces —respondía la niña—, pero cuando así le toca el marido a uno ¿ya qué se le hace?

—Si tuviera yo una mujer así de bonita no andaría perdiendo el tiempo entre un montón de borrachos apestosos a chivo —le decía Evaristo con su mejor sonrisa y con los ojos infatuados.

La pequeña bajaba el mentón con una sonrisa sonrojada, miraba de reojo al jornalero y soltaba una risita coqueta.

Era medio día cuando los fugitivos llegaron hasta la cima del cerro. Los ánimos en el valle parecían haberse calmado y el propio viento parecía haberse sosegado. Evaristo sacó su machete y empezó a cortar ramas de los árboles mientras Micaela lo miraba sentada sobre una piedra musgosa.

—Ayúdame a hilar esto —le dijo el jornalero al tiempo que le pasaba un manojo fresco de zacatón.

Pasadas las horas, la pareja empezó a levantar un jacal improvisado con ramas y cuerdas torpemente hiladas; Evaristo sacó de su morral unos costales viejos y los cortó por la mitad para ponerle un techo al cobertizo. Cuando hubieron terminado, el jornalero se dio por primera vez el lujo de estrechar a Micaela entre sus brazos; sus cabellos perfumados a jazmín embriagaban sus sentidos, y al sentir sus pequeños hombros contra su pecho le colmaba de una indescriptible sensación de triunfo. Era ahora un hombre realizado, y al fin tenía la mujer que creía merecer, con una belleza que sólo él tenía la sensibilidad para apreciar.

—¿Nos vamos a quedar aquí? —preguntó la niña.

—Nomás hasta que se enfríen los cuatreros. Después vamos a bajar del lado de Temaxcaltitla y nos vamos directito a La Antigua, ahí tengo un jacal harto bonito pa’ que vivas como reina.

Micaela se limitó a suspirar en silencio.

El cerro empezó a suspirar también, con un rumor enmudecido que acariciaba las copas de los árboles como un arpista acaricia las cuerdas de su instrumento. Un crepitar cargado de recelo parecía reverberar en los troncos retorcidos a su alrededor, y las nubes de a poco se iban cerrando en el cielo ocre del atardecer.

Pronto el silencio entre ambos se convirtió en el silencio mismo del cerro, el trino de los insectos y las aves se apagó por un momento, como si el aire mismo se hubiera quedado quieto alrededor de la pareja y su jacal improvisado.

—¿Dijiste algo? —preguntó la niña al jornalero.

—¿No fuiste tu?

Entre los árboles, sus ramas siseaban como un murmullo apagado, entre el verde de los arbustos las sombras se convertían en ojos y las hormigas en oídos atentos a su conversación. Una rama partida a lo lejos agitó las hojas en la tierra, y un estrépito similar a los cascos de un caballo se escuchó desde el sendero a la cima.

—Viene alguien —dijo Micaela asustada—, segurito que es él.

—Fue sólo el viento, ahí no hay naiden.

Ambos se mantuvieron inmóviles, tratando de divisar en las lejanías el origen del sonido, pero su mirada no alcanzó a divisar alma alguna en medio de aquella soledad que empezaba a volverse mutua.

—¿No extraña usted Chichipica? —le preguntaba el jornalero a la niña cuando iba a recoger a su marido borracho a la cantina.

—No me acuerdo, ‘taba yo bien chiquita cuando me trajeron pa’ ‘ca.

—¿Y apoco no le da a usted curiosidad?

La niña no respondía y se limitaba a sonreírle al piso mugriento de la cantina.

—Si yo tuviera una mujer como usted, me la llevaría lejos. No podría tener a mujer tan bella en este pueblucho refundido en la sierra.

La pequeña le sonreía con disimulo y aprovechaba el descuido de los pistoleros para acariciar las manos de Evaristo cuando sus bracitos rodeaban el cuerpo inerte de Don Celedonio.

El índigo del atardecer resplandecía sobre las copas de los árboles que observaban atentos cada movimiento de la pareja fugitiva. En las lejanías del valle los jinetes volvían sin éxito al pueblo, ambos miraban con alivios aquellas siluetas diminutas como hormigas.

—Vas a ver que te va a gustar harto La Antigua. Por ahí cerca queda la playa, y cuando estemos allí te voy a llevar todos los días al mar, pa’ mirarte como las sirenas que tanto mientan los pescadores del puerto —prometía Evaristo.

La infantil timidez de Micaela le impedía pronunciar palabra alguna, la ilusión del mar limitaba su rostro a una mueca ilusionada con la que miraba expectante al prieto jornalero que la miraba con ojos de depredador.

Conforme se apagaba la luz del sol, el silencio montañés se convertía en una infranqueable muralla de silencio que presionaba con ahínco sobre los pechos recalcitrantes de los fugitivos que se perdían en la dificultad de sus hazañas.

La quietud de aquella estampa serrana enaltecía las sombras de los árboles que parecían inclinarse sobre ellos como sombras malignas alrededor de una cuna. Las siluetas de las alimañas que saltaban de rama en rama buscando refugio de la oscuridad se antojaban a la imaginación como brazos extendidos que danzaban alrededor del jacal con el cántico maldito de las indias que le sacrificaban gallinas y becerros al cerro.

La noche criminal se consumó tras dos meses de jugueteos y galanterías veladas de Evaristo. Cuando Micaela iba por su esposo a la cantina, su frágil cuerpo parecía romperse bajo el peso del bruto que había osado tomarla por mujer. Esa noche Evaristo se había gastado lo último de la raya en embriagar a los pistoleros de Don Celedonio. Incapaces de cargar a su patrón, el jornalero se ofreció a ayudarles a llevar al cuatrero a su casa, y durante el camino aprovechó para sacarle el revólver del cinturón.

Cuando llegaron a la hacienda del ganadero, Evaristo aventó su cuerpo inerme al corral de los cerdos, y con la audacia criminal de quien no tiene nada que perder, les disparó a los pistoleros de Don Celedonio. Una bala en cada frente, como una cruz de ceniza que adornaba las almas de aquellos cuerpos para ser echadas de los áureos portones de los cielos hasta el infierno.

—Pícale, querida —le dijo el jornalero a la niña—, que no tardan en venir los hombres de este cabrón.

Y amparados por la oscuridad de la noche, ambos se lanzaron a los matorrales donde las siluetas retozaban como diablos en los ojos de sus perseguidores, y el crepitar de las ramas espantaba de muerte a los caballos que intentaban cruzar fuera de los senderos marcados por las indias desde tiempo atrás.

—¿Pa’ dónde vamos? —preguntó la niña.

—‘Amos al cerro, ahí no nos van a encontrar.

—Pero nadie sube el Xochicalcatl, hasta las indias le tienen miedo.

—Pos por eso nadie nos va a ir a buscar allá.

Y en medio de fogonazos de bala y jinetes confundidos, la pareja se escabulló por las sombras hasta alejarse de la quietud maldita de aquellos valles.

El crujir de la hojarasca se movía con el tenue viento que soplaba alrededor de la pareja, las siluetas de la noche engañaban la inteligencia del jornalero, y su presencia ominosa asustaba los ánimos rebeldes de la pequeña Micaela, cuya mirada se perdía en todas direcciones, buscando con miedo la sombra gigantesca del pistolero de Xiquila.

—Fueras de prender tantita lumbre pa’ calentarnos, hace harto frío.

—Si prendemos fuego nos van a ver —respondió Evaristo—, ‘ámonos a dormir, en el jacal nos vamos a dar calor.

Dentro de la improvisada choza, Evaristo se quitó el jorongo y lo echó al suelo, ambos fugitivos se echaron sobre la tela y trataron de conciliar el sueño.

Al cabo de unas horas, el cielo comenzó a gotear sobre los costales cortados del cobertizo, y las manos del jornalero empezaron a recorrer las caderas de Micaela que dormía plácidamente sobre el jorongo terroso. La niña despertó con un sobresalto.

—¿Qué andas haciendo?

—Vas a ser mi mujer, ¿no? —respondió Evaristo en medio de un suspiro—, te voy a enseñar lo que es un verdadero hombre —continuó al tiempo que buscaba sus senos en la oscuridad.

Micaela salió del cobertizo con un sobresalto, la lluvia empezaba a arreciar y los truenos empezaron a tocar sus tambores sobre el blasón celeste.

—¿Qué no me quieres? —preguntó el jornalero—. Porque yo sí te quiero, vieras nomás cómo me palpita el corazón cuando te miro.

—Pero a mí nunca me han tocado así como tú lo haces.

La sonrisa de Evaristo brilló en la oscuridad, un relámpago iluminó el gesto de lascivia en su rostro mientras salía del jacal para buscar el trofeo que le acababa de arrebatar de las manos al cuatrero más audaz de Xiquila.

La niña gritó y se echó a correr, tras ella Evaristo se abría paso entre las barreras que la lluvia ponía frente a sí, y habiendo llegado ambos al sendero de descenso, el rodar de las rocas empezó a galopar cuesta abajo con el resoplar tempestuoso del cierzo que descendía dándoles caza.

A mitad del camino, Micaela tropezó, tras la pequeña de trece años, el jornalero encorvaba el cuerpo como un animal de caza listo para saltar sobre su presa, el rumor de la lluvia se detuvo por un instante, como si el cerro mismo contuviera la respiración, y con una luz cegadora, la estampa del audaz seductor se quedó inmóvil con el atronador estrépito de un relámpago que descargaba su furia con un haz de fuego que se perdía entre el ocre y el violeta de sus lánguidos destellos.

Al volver la penumbra al sendero, un segundo relámpago iluminó el cuerpo inmóvil de Evaristo con un agujero sangrante en el pecho, mientras en las lejanías resoplaba la tormenta con el cabalgar de las rocas que rodaban por el sendero desde la cima.

No fue sino hasta el amanecer que los hombres del cuatrero volvieron a salir en busca de la desaparecida esposa, mas grande fue su sorpresa al ver a Don Celedonio cabalgar desde el sur, con el rostro palidecido y la pequeña dormida en brazos.

Hernández, R. (2026). Xochicalcatl. Prosa & Co., 3(16), 20–25.

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