Categoría: Cuentos

  • El día transcurría bajo el paso solemne de los gigantes que moran en el cielo. El mundo a su alrededor se cubría de la niebla que se eleva desde los rincones de la noche. La oscuridad silente, lo arrulló mientras su mente se entregaba a las visiones de los sueños, donde no habitan ni la razón ni la lógica.

    Al despertar, la luz se coló a través de las ventanas y atravesó con premura sus retinas, al tiempo que sus ojos adormilados contemplaban la habitación a su alrededor, donde las caricias del cielo alcanzaban todos los rincones del recinto. Todos excepto uno: aquella esquina distante se encontraba aún sumida en la oscuridad; la noche entera se congregó en aquella esquina donde la luz se negaba a posarse. Y fue entonces cuando lo vio por primera vez agazapado en la penumbra: una figura similar a un hombre, de piel como la arcilla y rostro decrépito, cuyos ojos hundidos lo observaban en silencio.

    Trató de no prestarle atención y siguió con su día, con la figura caminando lentamente a su lado. No importaba a dónde fuera, el espectro famélico lo seguía, con sus pasos inaudibles y su mirada fija.

    Los días pasaron sin mayor perturbación. Él persistía en su vida diaria, ignorando al extraño visitante, cuya presencia pasaba inadvertida para todos salvo para él. Sin embargo, con el pasar del tiempo se volvió evidente que aquella figura observaba activamente, como un niño curioso, el mundo que le rodeaba.

    Meses después, el visitante comenzó a susurrarle al oído mientras dormía. Al principio eran murmullos ininteligibles, pero lentamente comenzaron a adquirir forma; como un infante descubriendo los secretos del lenguaje. Al inicio eran simples descripciones de su entorno, pero al transcurso de los días, los murmullos evolucionaron en ideas articuladas; unas coherentes, otras amalgamas caóticas de pensamientos inconclusos.

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    Al principio, él no dio importancia a estos delirios, eran apenas descripciones de lo que veía. Pero con prontitud, algunas se hicieron más articuladas, otras más coherentes; mientras que otras empezaron a tomar formas un tanto impredecibles o más obscuras, como amalgamaciones de pensamientos inconclusos o ideas corriendo sin relación entre sí. Su habla era mero fluir de su conciencia retorcida. Pero un día, mientras leía el periódico en un café, el visitante se inclinó hacia él y susurró:

    —Ellos te engañan. 

    Intentó ignorarlo, pero la figura, señalando con sus largos dedos, insistía en las imágenes del periódico.

    —Mira cómo siguen ciegamente el dogma de los textos antiguos, sin detenerse a cuestionar su significado ni su valor ontológico. 

    Frunció el ceño y hojeó la nota sobre la postura del estado eclesiástico respecto al arte, las costumbres populares y la fe. Descartó el comentario del visitante, convenciéndose de que éste no comprendía de política ni de religión.

    —La espiritualidad compele al hombre a una naturaleza superior. El dogma, en su esencia, busca el progreso del ser, más allá del miedo y la superstición —agregó el visitante.

    Él descartó el comentario del visitante mientras sacudía su hombro para quitárselo de encima, pero aquello no fue un incidente aislado. Conforme pasaban los días, las disertaciones del visitante empezaban a ser un tanto más críticas del mundo a su alrededor, no sólo en lo espiritual, sino en lo costumbrista y lo filosófico. Conforme pasaban los días, las observaciones del visitante se volvían más agudas y profundas. Criticaba la virtud de los seguidores del estado eclesiástico, la superstición de las amas de casa, la hipocresía de los líderes guerreros. Reflexionaba sobre la naturaleza de la virtud, del vicio y de la degeneración humana.

    Aunque trataba de ignorarlo, no podía evitar escuchar. Sus palabras, cada vez más coherentes, ofrecían una perspectiva que comenzó a infiltrarse en sus propios pensamientos. Para su disgusto, el visitante se había convertido en un confidente involuntario de su propia desesperanza.

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    Una tarde, mientras contemplaban desde la ventana la llegada de un grupo de peregrinos al pueblo, el visitante susurró:

    —Míralos, entregados al vicio y la devoción supersticiosa.

    Él compartía su desprecio. La hermosa tradición se había corrompido; las instituciones y principios éticos se habían podrido. Con la guerra en ciernes, ya no quedaba esperanza.

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    Esa noche, cenó sopa en compañía de su visitante, cuyas disertaciones, aunque sombrías, se habían vuelto parte de su rutina. Sin embargo, algo lo invadió esa noche: un deseo impulsado por la curiosidad morbosa atraída a ese vicio, a la vileza de las masas que se embriagaban y entregaban a sus más bajos instintos al amparo de los negros cielos. Mientras él contemplaba la algarabía desde su ventana, el visitante, temeroso, le susurraba al oído que no se fuera. Imploró en vano.

    —En ese sueño no hay lugar para mí — dijo el visitante al llegar ambos al umbral de la puerta.

    Él lo miró: aquella figura se deshacía en pánico ante la idea misma de salir al jolgorio del pueblo. Pero él no desistiría. La curiosidad era más fuerte.

    —Yo siempre estaré presente, y aquí seguiré cuando regreses —susurró el visitante.

    Y cruzó la puerta.

    Las calles rebosaban de borrachos y prostitutas, cada uno más vil que el anterior, y todos completamente absortos en un estado onírico y carente de razón. Las coplas y las décimas volaban por los aires mientras los libertinos daban cátedra de sus artes en las calles. Y entre ellos, él avanzaba, sintiendo cómo el éxtasis grotesco lo atrapaba.

    A lo lejos, algo llamó su atención: una gran masa de personas congregadas afuera de la capilla. Sin pensarlo decidió acercarse, allí donde las masas se apilaban con un orden y atención que resultaba impropia de su estado casi bestial de festejo y libertinaje, sus rostros se contorsionaban ante lo que presenciaban, y sus conciencias se entregaban enteramente al delirio de la noche.

    En el centro, el macho cabrío daba cátedra de sus secretos. Sus palabras eran veneno envuelto en oro; sus ademanes hipnóticos. Las masas le escuchaban, le adoraban, le entregaban a sus mujeres y su progenie, mientras sucumbían en su entereza a sus enseñanzas.

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    Él se acercó a escuchar la liturgia del mal, y mientras lo hacía pensaba en su visitante, que esperaba asustado en casa. Un sentimiento de añoranza le atrapó, sin embargo, su leal amigo no estaba aquí, en medio de la vorágine y el caos.

    Miró por un momento al macho cabrío impartiendo su cátedra. Y sintiendo una punzada de tristeza, se confortó:

    —Que duerma mientras espera —pensó en sus adentros—. Sí. Que duerma. Que duerma muy profundamente, mientras yo paso otro rato aquí, en el candor de mi pueblo. Que cierre las ventanas y tranque la puerta… y que no apague las luces. Él sabrá hacerlo, sabrá esperar. Espero que lo sepa, porque si no vendrán los monstruos. 

    Y sin mayor dilación, se unió a la congregación enardecida.


    Hernández, R. (2025). El Visitante. Prosa&Co11.