Categoría: Cicatrices

  • Hace un año, un 12 de julio de 2024, las palabras impresas en «87 Cicatrices» encontraron su primera voz frente a un público. La presentación se llevó a cabo en el café-galería Cubo Tres en Xalapa, Veracruz, un espacio dedicado al arte donde lectores, amigos y curiosos se reunieron para escuchar el origen, la intención y las heridas detrás de cada página.

    Fue una tarde cargada de emoción y del agudo análisis brindado por el Profesor Luis Vega respecto al contenido del libro y su lugar dentro de las corrientes literarias. Si algo recuerdo de esa tarde, es precisamente la extraña emoción que surgió al escucharle recitar «Ilusión Noctámbula» y «Buitre» en voz alta, indudablemente el poema cobra vida al darle lectura, y se vuelve ajeno al autor en el momento en que otra voz se apodera de su contenido.

    Un año después, vuelvo a ese día no sólo con gratitud, sino también con una nueva mirada. Porque un libro sigue escribiéndose en la experiencia de sus lectores, y ciertamente, quienes se han tomado el tiempo de leer «87 Cicatrices» han compartido conmigo su gusto y experiencia con el contenido del mismo.

    Gracias a quienes estuvieron ahí, y a quienes han descubierto el libro después, en papel o en voz baja, en soledad o en compañía.

    «87 Cicatrices» está disponible a través de Bubok, Amazon, Gandhi y Casa del Libro

    ¿Estuviste en la presentación? ¿Te gustaría que hiciéramos una nueva lectura, presencial o virtual? Déjame tu comentario.

    Transcripción:

    «Siempre es un gusto presentar un libro. Yo siempre considero que es como celebrar el nacimiento de un hijo.

    Cuando el artista plasma su obra, creo que lo mínimo que podemos hacer como sociedad, es acercarnos a ella y poder apreciarla.

    Voy a leer un breve texto, muy significativo, para ahondar en lo que habla su obra. 

    Comentario y presentación del libro «87 cicatrices» de Ribay Hernández:

    No existe mayor placer que sometirse en los interiores de uno mismo.

    Muchos entenderán que recorrer las catacumbas que nos integran a cada uno de nosotros, esas heridas palpables, pero que el tiempo ha convertido en indoloras, y que asimismo el tiempo germina una y otra vez, es quizás el masoquismo incorpóreo de mayor trascendencia. Acariciar las cadenas que en nosotros crecen, las angustias inexplicables, los desvelos y el asío majestuoso. Admirar los charcos y las negras nubes que se aglutinan en nuestra mente.

    La felicidad es ilusoria para la existencia misma, como actitud estoica y como un sabio hermitaño, se consistirá en aceptar y tomar aquellos monstruos que se tornan reales, de profunda y abismal figura y que en la palabra mitiga su naturaleza para hilarse con la solemnidad del arte. 

    Esas criptas de los sueños y pesadillas que en nosotros escarbaron, que se incendian en desorden y retornan, se vuelven inefables, y es aquí donde la poesía, herramienta apoteósica  y gestora de símbolos, esencia y forma de la humanidad, puesto que en ella encuentra la identidad misma, es con la palabra, la imagen, el sentido retórico con lo que los seres humanos, los poetas, discuten consigo mismos los encantamientos, que el desasosiego, la porquería humana, el vacío que no atrae, sino entorpece la dicha, y los pelambres que la oscura impaciencia, retienen y ahogan.

    La muerte no es la imprudente, sino la vida misma, como se arroja en los anhelos en las paredes, que la luna enaltece y trata de ocultar ante nosotros. Poetas mitigan el dolor o al menos permiten que estén encerrados entre los dementes y cuerdos presagios de la inquietud, y la constante soledad que prospera y agita en nuestra alma la ácida opulencia por desencadenarnos del todo y de todos.

    Los ecos de una vida se permean en los versos que alguien escribe por apego al sí, por mantener distancia con la realidad, pero a la vez, acercarse al mundo de una forma en que los demás no podrían expresarlo, no podrían entenderlo, o en muchos casos, no podrían soportarlo.

    Hiperbólicos sentimientos, los poetas malditos explotaron ante el mundo de su época, pero no es duda que su acuencia y poética, su aura solemnemente macabra, llega y enseña que la belleza, y lo grotesco, que la penumbra desfigurada que enciende todas las pasiones ocultas, y el amor a la oscuridad, todo esto, inauguran la poesía de nuestros tiempos aún.

    La fealdad es atributo, y la tragedia elogio para quien con los ojos comprende  que la naturaleza es inmensa, su telaraña cósmica y temeraria enfrenta nuestra idealización de occidente, que la moral y jugarreta de la lógica y sentencia de la hegemonía ha ocultado,  y que la poesía, maldita e insurgente, mística y antireligiosa, insurgente pero al mismo tiempo, ordenada y regida por la turbulencia del esplín (spleen), del hastío, de la mirada  hacia abajo que se encuentra lo que está más arriba. 

    Quien escribe poesía no enseña ni asegura la felicidad, pero sí enfatiza la construcción de espejos donde podamos encontrarla, o al menos verla distante en otras texturas del mundo. Quien escribe poesía entiende que la locura libera y que la pesadilla de existir es pasajera y que al final de un pasillo, iluminada por la incógnita belleza moderna, y los atavíos de una moralidad arcaica, se encontrará la divina calma de la noche. Quien escribe  poesía ama la nostalgia y la hace eterna e instantánea, purula en los cementerios que ahora y siempre han sido las calles.

    Pesadillas, heridas y cicatrices construyen una poética soez, y para algunos, altanera y pecaminosa.

    La literatura, y en general, el arte, no está condenada a expresar un lado del alma o del corazón, no está encadenada a una dirección. Poesía es morder la pasión y el enarbolamiento de la psique hasta lograr la comunicación consigo mismo mismo, jugar al logos y que las puertas que nos esperan en nuestra despedida sean las más enormes para salir bajo la victoria del Hades. 

    Fue con las obras «Las flores del mal», de Charles Baudelaire y «Temporada en el infierno», de Arthur  Rimbaud, quienes permitieron al lector moderno arrodillarse ante los sentimientos más profundos sobre la catástrofe, la vejez, la escatología que también, de manera plena, considera la humanidad misma.

    La belleza no será más propiedad del romántico ideal y de la vacía cotidianidad, sino que la belleza misma está inserta en la dualidad ética y cosmológica, el día y la noche, el bien y el mal, el amor y el odio, la vida y la muerte.

    Para Baudelaire, la belleza es una máscara con la que se cubre y a través de la que expresa sus preocupaciones, sus sentimientos, su continua incomodidad con todo lo que le rodea. Puede ser el motivo que le impugna la degradación o el disfraz que se coloca  para ahuyentar la realidad, o para enmascararse y encubrir esa realidad, adaptarla a sus sentimientos. 

    Declaró que ha querido extraer la belleza del mal. El mal es el continente que él descubrió para la poesía.

    Si Víctor Hugo había manifestado que lo sublime es la unión de lo espantoso con lo funesto, de la ternura con el odio; Baudelaire no se queda atrás y encuentra lo bello entre lo sagrado y lo demonial, entre el miedo y  la seducción, entre el vicio y la virtud. La fealdad, la imperfección: la distorsión es el principio de la belleza.

    Sin duda la poesía oxigena al hombre, cubre y descubre los miedos y angustias más enterrados u ocultos, paisajes que hablan y ante nosotros la penumbra es dialéctica y su palabra engendra inercia y criaturas del símbolo, que son los escritores, amantes de una ciencia oculta que permite la eternidad, alquimia del arte oscuro, de herejía más allá de la razón y que se consagra en lo estético.

    No elabora el sueño, sino que construye monumentos con ellos, con los fragmentos del ser, de la vida. Se ejecuta el arte, la musa galopa con alguna equilina, alguna ninfa o bajo el manto con las alas del saturno exiliado.

    Dioses horizontales como la melancolía, el eterno nostálgico  y la soledad dirigen la poesía de quienes se atreven a usar la palabra como un arma blanca, como carta oculta y hermética del suicida, del despojado, del desterrado de sí mismo. Las heridas dictan a grandes obras y miseria, de las 87 cicatrices de Ribay Hernández.

    En la obra poética que hoy presentamos estamos persiguiendo esa poesía, figuras retóricas enfermas y puristas. Indudablemente nihilista, muy cercana a la intención narrativa con tintes góticos, el horror de la atmósfera que dibuja de manera certera. La oscilación de símbolos nocturnos, un erotismo noctafílico que edifica un retrato dinámico, oscuro y animado. Una percepción escatológica de sí mismo y de su entorno.

    Los paisajes son encantadores, desde un ángulo siniestro. Antoja a mirarlos plasmados en alguna cinematografía del expresionismo alemán o haciendo alusión a un Mefisto que nos guía por los sentimientos del autor.

    Ribay y su obra muestran un trabajo formidablemente siniestro. Un diálogo en su padecer Hipólito, su hecatombe y resurgimiento. Por supuesto y por obviedad, en mis anteriores referencias presenta 87 cicatrices, una profunda e incluso directa influencia Baudelairiana. Y esto nos lleva a comprender que la vena y raíz de la poesía maldita aún perturba nuestros pasillos modernos, infectan los siglos que anteceden que su voz, gélida y tormentosa, aullará todavía por nuestros tiempos.»

  • Originally released on the split album with Herxsebet: “Of mist orchids and ritual cave stench”

    Also included in the compilation “Decennium insaniae

    Strange song, born from a poem emerged in my ghoulish obsession.

    Its lyrics were edited and adapted in the poetry book “87 Cicatrices”, in the chapter “De amores fugaces”.

  • From the album «奴隶制度没有远去 是一个生后黑暗里«

    奴隶制度没有远去 是一个生后黑暗里 by IMPERATOR

    Get it here

    The lyrics from this album are included in «87 Cicatrices«, this particular one is in the chapter «Epitafio de dos anillos», renamed as «Ilusión noctámbula»

  • From «The Sixth Volume of Evil»

    VI by IMPERATOR

    The lyrics even got their own entry on «87 Cicatrices»

  • Por Ribay Hernández

    No sé cuándo vendrá mi muerte,
    ni sé cuándo partirá.
    El paisaje se torna gris,
    el sol, las flores, tus ojos.

    El corazón: triste y frágil,
    se ahoga en esta noche sin fin.
    No hay ilusión, no hay belleza
    en este mundo silente y sin luz.

    Todo lo que soy, y lo que seré,
    es un eterno solitario,
    exiliado de la fantasía,
    del color, de la luz.

    No estoy aquí, tampoco ahora,
    soy un morador de sueños,
    sin tiempo, sin lugar.

    Esta noche nunca habrá de terminar,
    y de aquí no puedo escapar.

    Sólo me queda soñar y soñar
    y soñar…

  • Buy it Here

    Or Here

    A you might know, on July 12th, 2024, I released my poetry book, «87 Cicatrices», through Bubok Publishing S.L.

    That very same day, it was presented at CuboTres Café by Professor Luis Vega.

    About it, he wrote:

    «Siempre es un gusto presentar un libro. Yo siempre considero que es como celebrar el nacimiento de un hijo.

    Cuando el artista plasma su obra, creo que lo mínimo que podemos hacer como sociedad, es acercarnos a ella y poder apreciarla.

    Voy a leer un breve texto, muy significativo, para ahondar en lo que habla su obra. 

    Comentario y presentación del libro «87 cicatrices» de Ribay Hernández:

    No existe mayor placer que sometirse en los interiores de uno mismo.

    Muchos entenderán que recorrer las catacumbas que nos integran a cada uno de nosotros, esas heridas palpables, pero que el tiempo ha convertido en indoloras, y que asimismo el tiempo germina una y otra vez, es quizás el masoquismo incorpóreo de mayor trascendencia. Acariciar las cadenas que en nosotros crecen, las angustias inexplicables, los desvelos y el asío majestuoso. Admirar los charcos y las negras nubes que se aglutinan en nuestra mente.

    La felicidad es ilusoria para la existencia misma, como actitud estoica y como un sabio hermitaño, se consistirá en aceptar y tomar aquellos monstruos que se tornan reales, de profunda y abismal figura y que en la palabra mitiga su naturaleza para hilarse con la solemnidad del arte. 

    Esas criptas de los sueños y pesadillas que en nosotros escarbaron, que se incendian en desorden y retornan, se vuelven inefables, y es aquí donde la poesía, herramienta apoteósica  y gestora de símbolos, esencia y forma de la humanidad, puesto que en ella encuentra la identidad misma, es con la palabra, la imagen, el sentido retórico con lo que los seres humanos, los poetas, discuten consigo mismos los encantamientos, que el desasosiego, la porquería humana, el vacío que no atrae, sino entorpece la dicha, y los pelambres que la oscura impaciencia, retienen y ahogan.

    La muerte no es la imprudente, sino la vida misma, como se arroja en los anhelos en las paredes, que la luna enaltece y trata de ocultar ante nosotros. Poetas mitigan el dolor o al menos permiten que estén encerrados entre los dementes y cuerdos presagios de la inquietud, y la constante soledad que prospera y agita en nuestra alma la ácida opulencia por desencadenarnos del todo y de todos.

    Los ecos de una vida se permean en los versos que alguien escribe por apego al sí, por mantener distancia con la realidad, pero a la vez, acercarse al mundo de una forma en que los demás no podrían expresarlo, no podrían entenderlo, o en muchos casos, no podrían soportarlo.

    Hiperbólicos sentimientos, los poetas malditos explotaron ante el mundo de su época, pero no es duda que su acuencia y poética, su aura solemnemente macabra, llega y enseña que la belleza, y lo grotesco, que la penumbra desfigurada que enciende todas las pasiones ocultas, y el amor a la oscuridad, todo esto, inauguran la poesía de nuestros tiempos aún.

    La fealdad es atributo, y la tragedia elogio para quien con los ojos comprende  que la naturaleza es inmensa, su telaraña cósmica y temeraria enfrenta nuestra idealización de occidente, que la moral y jugarreta de la lógica y sentencia de la hegemonía ha ocultado,  y que la poesía, maldita e insurgente, mística y antireligiosa, insurgente pero al mismo tiempo, ordenada y regida por la turbulencia del esplín (spleen), del hastío, de la mirada  hacia abajo que se encuentra lo que está más arriba. 

    Quien escribe poesía no enseña ni asegura la felicidad, pero sí enfatiza la construcción de espejos donde podamos encontrarla, o al menos verla distante en otras texturas del mundo. Quien escribe poesía entiende que la locura libera y que la pesadilla de existir es pasajera y que al final de un pasillo, iluminada por la incógnita belleza moderna, y los atavíos de una moralidad arcaica, se encontrará la divina calma de la noche. Quien escribe  poesía ama la nostalgia y la hace eterna e instantánea, purula en los cementerios que ahora y siempre han sido las calles.

    Pesadillas, heridas y cicatrices construyen una poética soez, y para algunos, altanera y pecaminosa.

    La literatura, y en general, el arte, no está condenada a expresar un lado del alma o del corazón, no está encadenada a una dirección. Poesía es morder la pasión y el enarbolamiento de la psique hasta lograr la comunicación consigo mismo mismo, jugar al logos y que las puertas que nos esperan en nuestra despedida sean las más enormes para salir bajo la victoria del Hades. 

    Fue con las obras «Las flores del mal», de Charles Baudelaire y «Temporada en el infierno», de Arthur  Rimbaud, quienes permitieron al lector moderno arrodillarse ante los sentimientos más profundos sobre la catástrofe, la vejez, la escatología que también, de manera plena, considera la humanidad misma.

    La belleza no será más propiedad del romántico ideal y de la vacía cotidianidad, sino que la belleza misma está inserta en la dualidad ética y cosmológica, el día y la noche, el bien y el mal, el amor y el odio, la vida y la muerte.

    Para Baudelaire, la belleza es una máscara con la que se cubre y a través de la que expresa sus preocupaciones, sus sentimientos, su continua incomodidad con todo lo que le rodea. Puede ser el motivo que le impugna la degradación o el disfraz que se coloca  para ahuyentar la realidad, o para enmascararse y encubrir esa realidad, adaptarla a sus sentimientos. 

    Declaró que ha querido extraer la belleza del mal. El mal es el continente que él descubrió para la poesía.

    Si Víctor Hugo había manifestado que lo sublime es la unión de lo espantoso con lo funesto, de la ternura con el odio; Baudelaire no se queda atrás y encuentra lo bello entre lo sagrado y lo demonial, entre el miedo y  la seducción, entre el vicio y la virtud. La fealdad, la imperfección: la distorsión es el principio de la belleza.

    Sin duda la poesía oxigena al hombre, cubre y descubre los miedos y angustias más enterrados u ocultos, paisajes que hablan y ante nosotros la penumbra es dialéctica y su palabra engendra inercia y criaturas del símbolo, que son los escritores, amantes de una ciencia oculta que permite la eternidad, alquimia del arte oscuro, de herejía más allá de la razón y que se consagra en lo estético.

    No elabora el sueño, sino que construye monumentos con ellos, con los fragmentos del ser, de la vida. Se ejecuta el arte, la musa galopa con alguna equilina, alguna ninfa o bajo el manto con las alas del saturno exiliado.

    Dioses horizontales como la melancolía, el eterno nostálgico  y la soledad dirigen la poesía de quienes se atreven a usar la palabra como un arma blanca, como carta oculta y hermética del suicida, del despojado, del desterrado de sí mismo. Las heridas dictan a grandes obras y miseria, de las 87 cicatrices de Ribay Hernández.

    En la obra poética que hoy presentamos estamos persiguiendo esa poesía, figuras retóricas enfermas y puristas. Indudablemente nihilista, muy cercana a la intención narrativa con tintes góticos, el horror de la atmósfera que dibuja de manera certera. La oscilación de símbolos nocturnos, un erotismo noctafílico que edifica un retrato dinámico, oscuro y animado. Una percepción escatológica de sí mismo y de su entorno.

    Los paisajes son encantadores, desde un ángulo siniestro. Antoja a mirarlos plasmados en alguna cinematografía del expresionismo alemán o haciendo alusión a un Mefisto que nos guía por los sentimientos del autor.

    Ribay y su obra muestran un trabajo formidablemente siniestro. Un diálogo en su padecer Hipólito, su hecatombe y resurgimiento. Por supuesto y por obviedad, en mis anteriores referencias presenta 87 cicatrices, una profunda e incluso directa influencia Baudelairiana. Y esto nos lleva a comprender que la vena y raíz de la poesía maldita aún perturba nuestros pasillos modernos, infectan los siglos que anteceden que su voz, gélida y tormentosa, aullará todavía por nuestros tiempos.»

  • Por: Ribay Hernández

    Gélido astro que con odio desdeñas mi cuerpo,

                con tu mirada atormentas el lánguido correr del reloj,

                            aquella vigilia maldita que tanto se ha extendido,

                                        torturada por tu fatuo fuego y el ardor del deseo.

    Fausta Alhambra de mis anhelos,

                a tus portales he de esperar el florecer de tus cipreses,

                            promesa que entre humo y niebla parece perderse,

                                        y de velo gris castiga cual Tántalo mi desmedido afán.

    Y a la sombra de los valles, la promesa cumplida,

                velada de blanca enseña, obsesión pura, imperturbada,

                            de negro coronada con su manto de fría noche,

                                        crepuscular augurio de la cruzada del moribundo sol.

    Rauda luz que de los rincones escapas,

                como el agua entre mis dedos sedientos,

                            fugitivo resplandor, me dejas a merced del miedo,

                                        presa inerme de la obsesión irracional.

    Cual espíritu nocturno contemplo el silencio,

                frágil velo de cristal, oscila, se contrae, se expande,

                            ante mis ojos se rompe en mil pedazos,

                                        voces invaden el aire de inminente tormenta.

    Perfume de carmesí dulzor

                que con tu frágil rocío descarnas mi silueta,

                            y envenenado despunta las espinas de la rosa,

                                        amargo néctar vertido cual licor a vuestro cáliz.

    Como guirnalda de laureles corona el sol los firmamentos,

                fulgor áureo acaricia los desiertos,

                            glaciales tempestades les obligan con alelíes a florecer,

                                        acariciados por los vientos que su cantar acarrean.

    Piel de bronce se enaltece caprichosa

                en medio de la tétrica penumbra enmudecida,

                            profanada por la carne corrupta, ponzoñosa,

                                        brisa del piélago contempla el idilio con licencioso aullar.

    Apacible mar de ilusiones, al cenit del eclipse despertó,

                hórrido y furibundo huracán hace de la tierra su altar,

                            hechizado de sangre y tormenta,

                                        de áureas argollas trenzado a aquella de Eros picota.

    Y de lágrimas se empaña el furor de la vorágine,

                al emerger del negro firmamento el sol triunfante,

                            al marchitarse el idilio de orquídeo lecho

                                        de febea luz se corona el blasón celeste.

    Y aunque perdido su vigor, de sus ornamentos se prende

                aquel espectro luciferino, sirviente de la ilusión,

                            licor preciado de los hombres,

                                        aquilón que en sus entrañas sopló,

    Y de aquel podrido corazón despertó el atronar.

  • Por: Ribay Hernández

    Una interminable puesta de sol anuncia su nombre,

                un sol que por siempre se arrastra por la inmundicia,

                            buscando refugio de su existencia por siempre condenada,

                                        buscando el crepúsculo que nunca llega.

    Una frágil brisa de su fragancia anuncia la voz,

                el fiero trueno que estremece estas planicies cenizas,

                            colma de vida el corazón podrido,

                                        glorioso temblor de deseo y miedo.

    Pues el licor ha sido vertido sobre el loto,

                y su dulce néctar, convertido en amarga verdad,

                            me empuja nuevamente al precipicio, a este anochecer,

                                        aquel que con desespero busca el sol.

    El dije al final de la cadena oscila como el péndulo del tiempo,

                mientras sus eslabones, forjados de hielo y fuego,

                            luchan por mantenernos juntos, esclavizados,

                                        a una prisión que tu noche volvió eterna.

    Con fiereza sus ojos me abrasan mientras se entona el himno,

                su rostro y sus cánticos me han embrujado,

                            me condenan a sentir la eterna desesperación del sol,

                                        ni anochecer, ni amanecer se enaltecen en ese cielo.

    Nos aferraremos a nuestras propias pieles si caemos en el abismo,

                bajo las orquídeas que florecen en sus profundidades,

                            para ver el crepúsculo dividir nuestros firmamentos,

                                        o ver al sol alcanzar su luna.

  • Por: Ribay Hernández

    La niebla ha velado el mar,

                ese que alguna vez reflejó el cielo,

                            ese que alguna vez reflejó sus ojos salvajes,

                                        ese que brilló con el resplandor del amanecer.

    La cintura del reloj, atascada con su arena,

                ha convertido estas horas en años,

                            eones he estado convicto a este dolor silente,

                                        encadenado al atronar de tus palabras.

    Sólo un charco pestilente ha quedado

                del otrora majestuoso mar;

                            y aun así, su diosa espera en la caja de cristal,

                                        enredada con la luz de soles distantes.

    Espectros de otros firmamentos, antes del eterno anochecer,

                cuando las estrellas no habitaron los cielos,

                            cuando la noche no sangraba su piel hinchada,

                                        antes del azotar del mangual.

    Esos ojos de brillante día se han ido;

                sólo ácido fue llorado de estos ojos adormilados.

                            El dado rodó y cayó en sus seis caras,

                                        los astros han mirado de nuevo mi cuerpo descarnado.

    Entre humo y tormenta, su voz se hizo eco,

                mi amado zafiro una vez más ilumina los firmamentos,

                            los hace estremecer con su voz de trueno,

                                        y con ellos esta piel rebosante de anhelo.

    La caja de cristal se rompió en mil pedazos,

                y con ella el alma encuentra las heridas de su partir,

                            heridas vetustas que nunca sanaron,

                                        memorias malditas que nunca se fueron.

    Miedo llena de nuevo el seco océano,

                mientras su céfiro inmisericorde colma las heridas de sal,

                            la memoria con su fría daga apuñala

                                        y retuerce su filo en las vísceras de la nostalgia.

    Las orquídeas florecen y exaltan la belleza

                de este pacífico silencio,

                            pero mañana se secarán y morirán,

                                        vida exigua estremece la tristeza en mí.

    Si los tiempos son misericordiosos,

                su belleza nacerá una vez más.

                            Si el huracán es compasivo con esta orquídea, mi zafiro,

                                        me aferraré a aquel día que floreció.

    Aun cuando las estrellas en el firmamento sean

                la amarga memoria del tiempo que mi jardín secó,

                            aun así, mientras el día se desvanece,

                                        ruego por el nacimiento de su siguiente flor.

  • Por: Ribay Hernández

    Recuerdo el espejismo de sus ojos,

                aquel grabado en el reflejo del espejo

                            oculto en el cielo nocturno,

                                        por siempre presente en mis sueños.

    Recuerdo el resplandor de Mamud encarnada,

                sueño etéreo de divino fulgor.

                            La tumba llama, y de la luz me he alejado,

                                        mientras sigo cayendo al tenebroso abismo.

    Por siglos soñé, refugiado del todo,

                mi alma tembló con el despuntar del alba,

                            y como gotas de rocío bajo las caricias del sol,

                                        el despertar esfumó los sueños.

    Votos se hicieron en el altar de la añoranza,

                mientras el dolor me condenó a estos campos de vidrio roto,

                            y el letargo sentenció mi piel a abrirse y sangrar

                                        bajo el látigo de esta enfermedad triunfante.

    Pero en su templo sagrado, Mamud se mantiene entronada,

                día y noche esperaré durmiendo, aguardando el sueño.

    De soledad se veló el rostro abnegado

                por la voz tormentosa que se ha robado el viento.

    Ensangrentado, en las cenizas de esta pasión quemada,

                sólo me queda soñar con aquello tras la ventana,

                            esa que separó nuestros destinos.