Presentation of my Book «87 Cicatrices»

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A you might know, on July 12th, 2024, I released my poetry book, «87 Cicatrices», through Bubok Publishing S.L.

That very same day, it was presented at CuboTres Café by Professor Luis Vega.

About it, he wrote:

«Siempre es un gusto presentar un libro. Yo siempre considero que es como celebrar el nacimiento de un hijo.

Cuando el artista plasma su obra, creo que lo mínimo que podemos hacer como sociedad, es acercarnos a ella y poder apreciarla.

Voy a leer un breve texto, muy significativo, para ahondar en lo que habla su obra. 

Comentario y presentación del libro «87 cicatrices» de Ribay Hernández:

No existe mayor placer que sometirse en los interiores de uno mismo.

Muchos entenderán que recorrer las catacumbas que nos integran a cada uno de nosotros, esas heridas palpables, pero que el tiempo ha convertido en indoloras, y que asimismo el tiempo germina una y otra vez, es quizás el masoquismo incorpóreo de mayor trascendencia. Acariciar las cadenas que en nosotros crecen, las angustias inexplicables, los desvelos y el asío majestuoso. Admirar los charcos y las negras nubes que se aglutinan en nuestra mente.

La felicidad es ilusoria para la existencia misma, como actitud estoica y como un sabio hermitaño, se consistirá en aceptar y tomar aquellos monstruos que se tornan reales, de profunda y abismal figura y que en la palabra mitiga su naturaleza para hilarse con la solemnidad del arte. 

Esas criptas de los sueños y pesadillas que en nosotros escarbaron, que se incendian en desorden y retornan, se vuelven inefables, y es aquí donde la poesía, herramienta apoteósica  y gestora de símbolos, esencia y forma de la humanidad, puesto que en ella encuentra la identidad misma, es con la palabra, la imagen, el sentido retórico con lo que los seres humanos, los poetas, discuten consigo mismos los encantamientos, que el desasosiego, la porquería humana, el vacío que no atrae, sino entorpece la dicha, y los pelambres que la oscura impaciencia, retienen y ahogan.

La muerte no es la imprudente, sino la vida misma, como se arroja en los anhelos en las paredes, que la luna enaltece y trata de ocultar ante nosotros. Poetas mitigan el dolor o al menos permiten que estén encerrados entre los dementes y cuerdos presagios de la inquietud, y la constante soledad que prospera y agita en nuestra alma la ácida opulencia por desencadenarnos del todo y de todos.

Los ecos de una vida se permean en los versos que alguien escribe por apego al sí, por mantener distancia con la realidad, pero a la vez, acercarse al mundo de una forma en que los demás no podrían expresarlo, no podrían entenderlo, o en muchos casos, no podrían soportarlo.

Hiperbólicos sentimientos, los poetas malditos explotaron ante el mundo de su época, pero no es duda que su acuencia y poética, su aura solemnemente macabra, llega y enseña que la belleza, y lo grotesco, que la penumbra desfigurada que enciende todas las pasiones ocultas, y el amor a la oscuridad, todo esto, inauguran la poesía de nuestros tiempos aún.

La fealdad es atributo, y la tragedia elogio para quien con los ojos comprende  que la naturaleza es inmensa, su telaraña cósmica y temeraria enfrenta nuestra idealización de occidente, que la moral y jugarreta de la lógica y sentencia de la hegemonía ha ocultado,  y que la poesía, maldita e insurgente, mística y antireligiosa, insurgente pero al mismo tiempo, ordenada y regida por la turbulencia del esplín (spleen), del hastío, de la mirada  hacia abajo que se encuentra lo que está más arriba. 

Quien escribe poesía no enseña ni asegura la felicidad, pero sí enfatiza la construcción de espejos donde podamos encontrarla, o al menos verla distante en otras texturas del mundo. Quien escribe poesía entiende que la locura libera y que la pesadilla de existir es pasajera y que al final de un pasillo, iluminada por la incógnita belleza moderna, y los atavíos de una moralidad arcaica, se encontrará la divina calma de la noche. Quien escribe  poesía ama la nostalgia y la hace eterna e instantánea, purula en los cementerios que ahora y siempre han sido las calles.

Pesadillas, heridas y cicatrices construyen una poética soez, y para algunos, altanera y pecaminosa.

La literatura, y en general, el arte, no está condenada a expresar un lado del alma o del corazón, no está encadenada a una dirección. Poesía es morder la pasión y el enarbolamiento de la psique hasta lograr la comunicación consigo mismo mismo, jugar al logos y que las puertas que nos esperan en nuestra despedida sean las más enormes para salir bajo la victoria del Hades. 

Fue con las obras «Las flores del mal», de Charles Baudelaire y «Temporada en el infierno», de Arthur  Rimbaud, quienes permitieron al lector moderno arrodillarse ante los sentimientos más profundos sobre la catástrofe, la vejez, la escatología que también, de manera plena, considera la humanidad misma.

La belleza no será más propiedad del romántico ideal y de la vacía cotidianidad, sino que la belleza misma está inserta en la dualidad ética y cosmológica, el día y la noche, el bien y el mal, el amor y el odio, la vida y la muerte.

Para Baudelaire, la belleza es una máscara con la que se cubre y a través de la que expresa sus preocupaciones, sus sentimientos, su continua incomodidad con todo lo que le rodea. Puede ser el motivo que le impugna la degradación o el disfraz que se coloca  para ahuyentar la realidad, o para enmascararse y encubrir esa realidad, adaptarla a sus sentimientos. 

Declaró que ha querido extraer la belleza del mal. El mal es el continente que él descubrió para la poesía.

Si Víctor Hugo había manifestado que lo sublime es la unión de lo espantoso con lo funesto, de la ternura con el odio; Baudelaire no se queda atrás y encuentra lo bello entre lo sagrado y lo demonial, entre el miedo y  la seducción, entre el vicio y la virtud. La fealdad, la imperfección: la distorsión es el principio de la belleza.

Sin duda la poesía oxigena al hombre, cubre y descubre los miedos y angustias más enterrados u ocultos, paisajes que hablan y ante nosotros la penumbra es dialéctica y su palabra engendra inercia y criaturas del símbolo, que son los escritores, amantes de una ciencia oculta que permite la eternidad, alquimia del arte oscuro, de herejía más allá de la razón y que se consagra en lo estético.

No elabora el sueño, sino que construye monumentos con ellos, con los fragmentos del ser, de la vida. Se ejecuta el arte, la musa galopa con alguna equilina, alguna ninfa o bajo el manto con las alas del saturno exiliado.

Dioses horizontales como la melancolía, el eterno nostálgico  y la soledad dirigen la poesía de quienes se atreven a usar la palabra como un arma blanca, como carta oculta y hermética del suicida, del despojado, del desterrado de sí mismo. Las heridas dictan a grandes obras y miseria, de las 87 cicatrices de Ribay Hernández.

En la obra poética que hoy presentamos estamos persiguiendo esa poesía, figuras retóricas enfermas y puristas. Indudablemente nihilista, muy cercana a la intención narrativa con tintes góticos, el horror de la atmósfera que dibuja de manera certera. La oscilación de símbolos nocturnos, un erotismo noctafílico que edifica un retrato dinámico, oscuro y animado. Una percepción escatológica de sí mismo y de su entorno.

Los paisajes son encantadores, desde un ángulo siniestro. Antoja a mirarlos plasmados en alguna cinematografía del expresionismo alemán o haciendo alusión a un Mefisto que nos guía por los sentimientos del autor.

Ribay y su obra muestran un trabajo formidablemente siniestro. Un diálogo en su padecer Hipólito, su hecatombe y resurgimiento. Por supuesto y por obviedad, en mis anteriores referencias presenta 87 cicatrices, una profunda e incluso directa influencia Baudelairiana. Y esto nos lleva a comprender que la vena y raíz de la poesía maldita aún perturba nuestros pasillos modernos, infectan los siglos que anteceden que su voz, gélida y tormentosa, aullará todavía por nuestros tiempos.»

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