
Por: Ribay Hernández
La niebla ha velado el mar,
ese que alguna vez reflejó el cielo,
ese que alguna vez reflejó sus ojos salvajes,
ese que brilló con el resplandor del amanecer.
La cintura del reloj, atascada con su arena,
ha convertido estas horas en años,
eones he estado convicto a este dolor silente,
encadenado al atronar de tus palabras.
Sólo un charco pestilente ha quedado
del otrora majestuoso mar;
y aun así, su diosa espera en la caja de cristal,
enredada con la luz de soles distantes.
Espectros de otros firmamentos, antes del eterno anochecer,
cuando las estrellas no habitaron los cielos,
cuando la noche no sangraba su piel hinchada,
antes del azotar del mangual.
Esos ojos de brillante día se han ido;
sólo ácido fue llorado de estos ojos adormilados.
El dado rodó y cayó en sus seis caras,
los astros han mirado de nuevo mi cuerpo descarnado.
Entre humo y tormenta, su voz se hizo eco,
mi amado zafiro una vez más ilumina los firmamentos,
los hace estremecer con su voz de trueno,
y con ellos esta piel rebosante de anhelo.
La caja de cristal se rompió en mil pedazos,
y con ella el alma encuentra las heridas de su partir,
heridas vetustas que nunca sanaron,
memorias malditas que nunca se fueron.
Miedo llena de nuevo el seco océano,
mientras su céfiro inmisericorde colma las heridas de sal,
la memoria con su fría daga apuñala
y retuerce su filo en las vísceras de la nostalgia.
Las orquídeas florecen y exaltan la belleza
de este pacífico silencio,
pero mañana se secarán y morirán,
vida exigua estremece la tristeza en mí.
Si los tiempos son misericordiosos,
su belleza nacerá una vez más.
Si el huracán es compasivo con esta orquídea, mi zafiro,
me aferraré a aquel día que floreció.
Aun cuando las estrellas en el firmamento sean
la amarga memoria del tiempo que mi jardín secó,
aun así, mientras el día se desvanece,
ruego por el nacimiento de su siguiente flor.